Preguntas y respuestas

Crónica Lanera · Vol. XXV

Querida tejedora:

Veinticinco Crónicas Laneras dan para muchas horas hablando delante de una cámara, así que para cerrar aquella temporada decidí cambiarme de silla y dejar que fuerais vosotras quienes eligierais de qué íbamos a hablar.

Había pedido preguntas por correo electrónico y YouTube, así que llegaron de todo tipo: sobre ganchillo, proyectos, viajes, manías, relaciones, lana acumulada y hasta vicios inconfesables. Algunas se respondían en treinta segundos y otras acabaron llevándome por caminos que probablemente quien preguntó tampoco esperaba.

También anunciaba un pequeño parón. Necesitaba tiempo para estudiar (el curso de metodología de la investigación estaba reclamando su parte de cerebro), estar con mi familia y atender otras prioridades. Porque por mucho que me guste Ganchilleart, las horas del día seguían empeñadas en tener solo sesenta minutos cada una.

Y mientras contestaba a todo aquello llevaba puesta mi Menita, una camiseta diseñada por Raquel y tejida en algodón que también formaba parte de aquella etapa del canal.

Así empezó una especie de entrevista colectiva a Makandra.

Preguntas y respuestas de Ganchilleart, Crónica Lanera Vol. XXV

De un pollito a Blancanieves y los siete enanitos

Una de las preguntas fue cuál había sido el proyecto que más satisfacción me había dado.

Y elegí Blancanieves y los siete enanitos.

No necesariamente porque fueran los amigurumis más perfectos que había tejido, sino por lo que significaron en aquel momento. Estaba empezando y aquello suponía coser piezas, repetir cuerpos, hacer siete personajes diferentes y seguir adelante cuando probablemente todavía no tenía la experiencia suficiente para saber si realmente iba a ser capaz de terminarlos. Pero los terminé.

Y esa sensación es difícil de explicar a alguien que nunca se ha enfrentado a una labor que, al principio, le quedaba un poquito grande.

Porque aprender a tejer también consiste en ir acumulando pruebas de que puedes hacer cosas que antes no sabías hacer.

Mi primera creación había sido bastante más desastre: un pollito amigurumi que terminé vendiendo para cubrir gastos de la guardería. Entre aquel pollito y Blancanieves no solo había pasado algo de tiempo, había una tejedora diferente.

Lo mejor de tejer no siempre es el resultado

También me preguntaron qué era lo que más disfrutaba del tejido y me costaba elegir una sola cosa.

Me gusta tejer porque hay momentos en los que repetir puntos consigue poner un poco de orden donde mi cabeza tiene demasiado ruido. Las manos siguen una secuencia mientras la mente va bajando revoluciones y cuando te quieres dar cuenta, llevas unas cuantas vueltas y quizá también has colocado alguna idea en su sitio.

Me gusta terminar porque cada proyecto acabado es una pequeña promesa cumplida contigo misma. Dijiste que ibas a hacerlo y después de errores, vueltas deshechas y algún que otro juramento, ahí está.

Y me gusta usar lo que tejo. Una prenda que te queda bien, te resulta cómoda y que además has hecho tú, tiene algo especial.

Quizá por eso, con el tiempo, también fui dejando de regalar absolutamente todo lo que salía de mi ganchillo.

De tejedora dadivosa a tejedora un poquito egoísta

Hubo una época en la que prácticamente todo lo que tejía acababa en manos de otra persona, hasta que empecé a preguntarme por qué.

Tejer lleva horas. Muchas. Y llega un momento en el que entiendes que regalar una labor no debería ser la consecuencia automática de terminarla, puedes quedártela, es más, te la has currado.

Empecé a atesorar mi trabajo, hacer algo exclusivamente porque quiero llevarlo y si decido regalarlo, también elegir muy bien a quién.

No creo que eso sea ser egoísta, creo que es empezar a comprender el valor de tu propio tiempo.

Porque una labor hecha a mano no es solo el precio del hilo. Dentro van las horas que has pasado haciéndola y todo aquello que has dejado de hacer mientras estabas tejiendo.

Así que sí: Makandra se volvió un poquito más egoísta. Y ya iba siendo hora.

Mantas para descansar y amigurumis para mirar

Si quiero tejer sin pensar demasiado, elijo una manta.

La manta de temperaturas es un buen ejemplo: una vez entiendes la estructura, puedes sentarte y avanzar mientras haces otra cosa, escuchas algo o simplemente dejas descansar la cabeza. Pero si pienso en qué labores me gusta conservar y tener alrededor, probablemente gane el amigurumi.

Algunos terminan convirtiéndose casi en representaciones de una etapa concreta de tu vida. Los miras años después y recuerdas cuándo los hiciste, qué estabas viviendo o por qué elegiste precisamente ese personaje.

Uno de mis favoritos era y sigue siendo un perro de la peli, Frankenweenie, que además había supuesto un reto técnico importante durante el testeo del patrón.

Y luego estaba el Pájaro Loco: cincuenta y un centímetros de criatura cuya cresta y pelo consiguieron poner a prueba mi habilidad con la costura de amigurumis.

Hoy está en manos de la que fue mi familia política y me pregunto si no me equivoqué dadas las circunstancias actuales. De todo se aprende…

Cuando terminas algo así entiendes perfectamente por qué terminar una labor aumenta tu confianza. Sobre todo porque durante buena parte del proceso pensaste que aquello iba a poder contigo.

Una comisaría también es un buen sitio para tejer

Otra pregunta era cuál había sido el lugar más extraño en el que había tejido: una comisaría.

Había ido a poner una denuncia por una estafa relacionada con la compra de un electrodoméstico y como aquello implica esperar, pues yo llevaba ganchillo.

Porque hay gente que cuando sabe que va a esperar se lleva un libro, yo llevo un ovillo.

Con los años he tejido en suficientes lugares como para haber dejado de preguntarme si son apropiados. Si tengo tiempo, puedo sentarme y no molesto a nadie, probablemente haya una labor saliendo de mi bolso.

Eso sí: dos agujas, no. Jamás.

También me preguntaron si alguna vez me pasaría a ellas y mi respuesta fue bastante clara en anteriores podcast.

El Diógenes lanero necesita límites

Por supuesto, en una ronda de preguntas a tejedoras tenía que aparecer el stash.

¿Cómo se controla la acumulación de lana?

Pues, para empezar, intentando no entrar en una tienda de lanas sin saber para qué necesitas el hilo, porque todas conocemos esa mentira:

«Me llevo estos ovillos porque ya encontraré un proyecto».

Claro.

Y tres años después continúan en un cajón esperando que aparezca el patrón perfecto para el que supuestamente entraron en tu casa.

Con el tiempo fui intentando comprar con más intención, terminar lo que ya tenía y utilizar parte del material acumulado en proyectos conjuntos y CAL. No siempre funciona porque una sigue siendo humana y los ovillos tienen colores muy bonitos, pero al menos empecé a distinguir entre compro lana y necesito lana.

Son cosas totalmente distintas.

Cincuenta y seis kilómetros y una ciudad pendiente

También hubo preguntas que no tenían absolutamente nada que ver con crochet.

La mayor distancia que había caminado de una vez eran 56 kilómetros durante el Camino de Santiago, aunque todavía tenía pendiente la marcha nocturna a Valvanera. La hice en el año 2025, son 63 km y casi muero.

Y si pudiera elegir un destino al que viajar, sería Roma. No solo por conocer Italia en sí, sino porque allí se conocieron mis padres. Hay lugares que queremos visitar por lo que contienen y otros por las historias que empezaron allí mucho antes de que nosotras llegáramos.

Roma siempre ha tenido para mí un poquito de las dos cosas.

Lo mejor que me dio el ganchillo no estaba en ningún ovillo

Cuando me preguntaron qué era lo mejor que me había aportado el crochet, la respuesta no fue aprender una técnica ni terminar una prenda.

Fueron las personas.

Las amistades, las conversaciones y los gestos que habían aparecido alrededor de algo tan sencillo como compartir una afición.

Entre ellos conservaba una carta anónima que había llegado desde Alemania. No necesitaba conocer personalmente a quien la había escrito para entender lo que significaba que alguien, desde otro país, hubiera decidido sentarse, escribir unas palabras y hacerlas llegar hasta mí.

Al final, quizá por eso una comunidad acaba importando mucho más que una cifra de suscriptores.

Los números cuentan cuánta gente ha pulsado un botón pero los gestos te cuentan quién decidió quedarse un rato y después pensar en ti.

Aire, agua, fuego y tierra

La última parte de aquella Crónica terminó alejándose bastante de los amigurumis.

Hablé del amor y de una forma que utilizaba entonces para pensar en las relaciones a través de cuatro elementos.

Aire, la conexión intelectual. Poder hablar, admirar cómo piensa la otra persona, compartir determinados valores y sentir que la conversación te estimula.

Agua, la seguridad. Poder estar con alguien sin interpretar un personaje, sintiendo que puedes ser tú misma y que esa relación es un lugar de paz en lugar de una fuente constante de incertidumbre.

Fuego, la atracción. La química, el deseo, las ganas de tocar y ser tocada. Porque convertir el amor en una bonita amistad intelectual tampoco cuenta toda la historia.

Y tierra, el compromiso. La parte que sostiene todo lo demás cuando pasan los fuegos artificiales: lealtad, estabilidad y una idea compatible de hacia dónde quieres caminar.

No es una fórmula matemática para encontrar pareja ni una garantía de que una relación vaya a funcionar, es simplemente una manera de intentar no volver a equivocarse. Hoy por suerte tengo más herramientas (y subiendo).

Tejiendo desde la cicatriz

Volver a escuchar veinticinco preguntas hechas a una versión anterior de ti tiene una peculiaridad: algunas respuestas siguen siendo exactamente las mismas y otras te hacen sonreír porque sabes todo lo que ocurrió después.

Pero quizá ahí está precisamente la gracia de recuperar estas Crónicas.

No necesito corregir a la mujer que respondió aquellas preguntas, puedo escucharla, reconocer lo que ya sabía, compadecerla y sonreír ante lo que todavía le quedaba por aprender.

Y seguir.

Porque entre aquel día y todo lo que vino después no existe una versión correcta y otra equivocada de mí, pues todas pertenecen a la misma labor.

Hay vueltas.

Unas salieron mejor, otras hubo que deshacerlas y algunas consiguieron que aprendiera a sujetar más fuerte el ganchillo.

Frase para tu Diario Lanero

No necesitas tener hoy las mismas respuestas que tenías ayer para reconocer a la mujer que las dio.

Dale una vuelta al ovillo

Si pudieras sentarte hoy delante de tu versión de hace unos años y hacerle una sola pregunta, ¿qué le preguntarías?

¿Prefieres verla?

Esta Crónica Lanera nació frente a una cámara. Puedes ver el vídeo original completo aquí

Fdo: Makandra Elipsis, Psicóloga de Pacotilla y cronista lanera que sigue haciéndose las mismas preguntas aunque algunas respuestas hayan cambiado.

Ganchilleart® | Contenido Protegido

Este espacio forma parte de Ganchilleart® y todo el contenido compartido está protegido por derechos de autor.

Crónicas Laneras es una colección de artículos narrativos inspirados en experiencias reales vividas alrededor del crochet, la comunidad y el camino personal que ha acompañado a Ganchilleart a lo largo de los años.

Este contenido tiene carácter divulgativo y autobiográfico. Su objetivo es compartir aprendizajes, vivencias y reflexiones que puedan inspirar a otras personas a seguir tejiendo, dentro y fuera del ganchillo.

Aprendamos juntas, siempre con curiosidad, espíritu crítico y responsabilidad

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