LA MANTA FRAYSEXUAL

El otro día leí sobre un término que me dejó la cabeza volando y que, probablemente, explica por qué están muriendo tantas relaciones hoy en día. Por si tú tampoco sabías de qué va, te cuento.

Imagina que conoces a alguien, (aunque no uses Tinder, tú imagina) te pasas un par de meses (o días según tu rollo) hablando por internet, intercambiando mensajitos a diario. Hay química, hay risas, las fotos de su perfil te parecen espectaculares y tu cerebro ya ha montado la película Disney en tu cabeza.

Quedáis, porque necesitas comprobar que es una persona real, y en la primera cita ya no es chispa, son fuegos artificiales. Vuelves a casa y te vas a la cama pensando: «¡Ala, por fin, es el hombre de mi vida».

Claro, es que nunca llegamos tarde a lo que es nuestro… ¡qué suerte!

Sin embargo, pasa un mes y unas cuantas citas después; cuando ya conoces sus manías, te cuenta sus problemas del trabajo y se instala la confianza… el deseo sexual desaparece por completo.

No es que te caiga mal; es que tu cuerpo se queda frío, las ganas se han evaporado.

En psicología esto se conoce como fraysexualidad. Consiste en una trampa mental muy jodida: sientes una atracción brutal por personas desconocidas o con las que tienes muy poca confianza, pero pierdes ese apetito de forma radical a medida que aumenta la intimidad emocional.

No significa que no puedas enamorarte.

Significa que el deseo depende tanto de la novedad, que empieza a apagarse justo cuando aparece la intimidad.

No hay un fallo afectivo (puedes incluso llegar a quererle), pero esas ganas de comértelo se apagan en cuanto el misterio deja paso a lo cotidiano.

Es el autoengaño perfecto: camuflar el pánico a la intimidad bajo la excusa de la «pérdida de pasión», utilizando la novedad como un escudo protector para no desnudarse emocionalmente ante nadie.

No se tú, pero yo lo veo un horror. Me hizo darle vueltas y vueltas al ovillo…

Por supuesto, mi cerebro de lana tardó cero segundos en hacer la conexión. Esto es exactamente lo mismo que nos pasa cuando empiezas una manta nivel «la manta de mi vida» (esa que tejes para que pase de generación en generación en tu familia), ya sabes cuál.

Cuando el flechazo se convierte en rutina

Piénsalo.

Tejedora de Ganchilleart junto a un tablero con notas sobre la fraysexualidad lanera, grannys cuadrados y ovillos.

Ves un patrón espectacular. Te pasas tres semanas fantaseando con él. Lo voy a tejer en estos colores, medirá tanto porque así encaja en el chaiselong… vas a la tienda y no compras cuatro ovillos, uno de cada color; te compras los veintitantos de cada uno de los colores. Has hecho un cálculo de rendimiento del ovillo para no arriesgarte y quedarte sin esa tintada de lana.

Te late el corazón a mil por hora en la caja registradora. Hay química, hay risas con la dependienta, le enseñas el patrón… hay un subidón de dopamina brutal. Llegas a casa, tejes las primeras diez vueltas y es un torbellino de emociones.

Te vas a la cama pensando que por fin has encontrado el proyecto de tu vida. Estás feliz.

Sin embargo, un mes después, cuando el patrón se vuelve monótono y la manta se instala en un rincón del salón… el deseo de tejer, desaparece por completo.

No es que la lana sea mala; es que el misterio ha dejado paso a la rutina de miles de puntos exactamente iguales.

Y en lugar de admitir que nos da pereza sostener el esfuerzo de seguir tejiéndola, nos autoengañamos: «Es que este hilo se abre», «es que en estos color ya no me transmite nada», «es que este proyecto ya no me llena», «es que ya se me ha hecho bola y le he cogido manía».

Buscamos soluciones rápidas: salir corriendo a la tienda, para estrenar otra gama de colores, buscar otros patrones para volver a sentir el flechazo…

Porque volver a enamorarse de un ovillo nuevo siempre parece más fácil que terminar la manta que ya conoces.

Vamos, que acabamos acumulando proyecticidios.

La estabilidad real no sobrevive a base de estrenar caras u ovillos cada mes; exige la madurez de sostener el vínculo cuando los fuegos artificiales se apagan.

Receta de psicóloga de pacotilla

No es una receta fácil, ni cómoda. Deja de comprar el kit de golpe en la primera cita. Hay que ir conociendo poco a poco a la persona.

Vete haciendo grannys; si es que consigues llegar a cien, felicidades, los unes y tendrás la manta que soñaste.

Pero si te quedas en el número nueve y el cuerpo se te queda frío, asúmelo: no era amor de manta, era para un cojín.

Y un cojín a tiempo te ahorra otro cadáver en el cajón de la vergúenza.

Frase para tu díario lanero

No hipoteques tu trastero por un flechazo de tres semanas; teje primero el granny y luego decides si merece convertirse en manta.

Firmado: Makandra Elipsis, psicóloga de pacotilla, superviviente de flechazos de 20 ovillos y tejedora de grannys (ya veremos cuántos).

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Psicología de Pacotilla es una sección divulgativa creada desde mi experiencia personal y mi formación como estudiante de Psicología. Su objetivo es acercar conceptos psicológicos al lenguaje que compartimos las tejedoras.

Este contenido no constituye terapia psicológica, diagnóstico ni intervención sanitaria, y en ningún caso sustituye la atención de un profesional cualificado.

Aprendamos juntas, siempre con curiosidad, espíritu crítico y responsabilidad.

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