Soy una señora y hago crochet

Crónica Lanera · Vol. XXIV

Querida tejedora:

«Soy una señora y hago crochet».

Así, sin más.

Era 2 de agosto de 2024, acababa de mudarme, estaba intentando desintoxicarme de la cafeína (decisión cuestionable para alguien cuyo cerebro ya funciona con diecisiete pestañas abiertas) y volvía a sentarme delante de la cámara después de una temporada bastante movidita.

Esta vez incluso llevaba guion. Lo cual no impidió que como siempre, algo me acabara dispersando. Durante la siguiente hora hablaríamos de kits de amigurumi, colaboraciones, jerseys que llevaban esperando desde 2018, cuerpos, tallas, gordofobia, personas agradecidas y desagradecidas, proyección, mantas gigantes, proyectos abandonados y un canesú verde que consiguió provocarme una crisis existencial en directo.

Vamos, una Crónica Lanera perfectamente normal, como todas.

Soy una señora y hago crochet | Crónica Lanera Vol. XXIV de Ganchilleart

Una colaboración sí, pero a mi manera

Una de las novedades de aquel episodio era mi colaboración con HiCrochet. Me habían enviado varios kits de amigurumi y yo había aceptado, pero dejando claro desde el principio cómo quería hacerlo.

Porque colaborar con una marca no debería significar convertirte durante veinte minutos en un anuncio de teletienda.

Yo quería probar aquello, enseñar lo que venía dentro, contar lo que me gustaba y también lo que no, modificar lo que considerase necesario y compartir mi experiencia exactamente igual que haría si lo hubiera comprado yo.

Entre los kits estaban una abeja antiestrés y dos pequeños amigurumis con mecanismo para caminar: una pingüina y un pollito.

La chenilla me sorprendió especialmente porque podía cortarla sin que empezara inmediatamente a desintegrarse entre mis dedos, como ocurre con algunas chenillas de bazar. Venían marcadores, materiales, ojos, mecanismos y vídeos de apoyo, aunque el patrón estaba en inglés.

Naturalmente, yo también hice de las mías.

A la abeja le cambié la posición del mecanismo sonoro porque quería poder estrujarla sin que aquello se pusiera a hacer ruido cada vez que la tocabas y le pinté las mejillas con mis pinturas acuarelables.

Acabó siendo para mi Patri, amiga veterana, pedagoga y escritora de cuentos infantiles sobre emociones.

Y mirándolo ahora, aquella forma de plantear una colaboración se parece muchísimo a la que sigo queriendo para Ganchilleart.

Si para colaborar con una marca tengo que dejar de ser yo, entonces esa colaboración no me interesa.

El jersey que esperó cinco años

Después apareció uno de esos proyectos que demuestran que los ovillos tienen bastante más paciencia que nosotras: el Jersey Amigo Fiel. En mi caso el patrón llevaba pendiente desde 2018 o 2019.

Habíamos recuperado el proyecto a través del grupo de Telegram y, después de varios años esperando su momento, por fin estaba terminado. Bueno, terminado a mi manera.

El patrón original tenía un cuello bastante cerrado y yo tengo una relación complicada con cualquier prenda que decida aproximarse demasiado a mi cuello. Me agobia, así que lo modifiqué.

El problema fue que al abrirlo demasiado aquello tampoco terminaba de convencerme y acabé levantando puntos alrededor del escote hasta encontrar una solución intermedia. También cambié remates, utilicé punto cangrejo y tuve que improvisar la unión de algunas piezas porque, como persona organizada y previsora, había olvidado dejar hebras suficientemente largas para coser.

De hecho, de aquel pequeño drama salió una de las cosas que más me gustan del crochet: un error no siempre termina en deshacer, a veces te obliga a buscar otra construcción. Ingeniería de Supervivencia, como lo llamo yo.

Drama en talla S

Había otro problema con el jersey: había tejido una talla S.

Y durante buena parte del proceso tejeril, mi cerebro estuvo convencido de que aquello iba a terminar convirtiéndome en un chorizo humano.

«A ver si me he hecho la delgada y me he tejido una S».

Hoy me hace gracia escucharme porque detrás de la broma había algo bastante más interesante: estaba aprendiendo a relacionarme con un cuerpo que había cambiado muchísimo.

Las tallas son números pero rara vez las vivimos simplemente como números. Las cargamos de recuerdos, inseguridades y expectativas.

A veces el cuerpo cambia antes que la imagen que tenemos de él.

Y aquello volvió a aparecer un rato después con otro proyecto.

Ser o no ser… talla uno

Estaba tejiendo en verde el Top Menita, diseñado por Raquel, y tenía avanzado el canesú de la talla 1.

En teoría todo iba bien, en mi cabeza, absolutamente nada iba bien.

Me lo probaba, lo miraba, pensaba que quizá me quedaría demasiado ajustado.

Consideraba deshacer hasta la vuelta ocho y pasar a la talla 2.

Volvía a mirarlo, pensaba que estaba perfecto. Veía otra versión en rosa y de repente quería hacerlo rosa.

Luego volvía al verde, una estabilidad emocional de manual.

La noche anterior había intentado avanzar mientras veía First Dates, había dormido poco y mi capacidad para tomar decisiones crocheteras estaba aproximadamente al nivel de una patata.

Pero aquella indecisión mostraba algo que también dije durante el vídeo: cuando llevas un tiempo sin tejer o sin grabar, puedes empezar a dudar incluso de cosas que antes hacías con absoluta normalidad.

La habilidad no había desaparecido, había disminuido mi confianza en ella. Y eso no es exactamente lo mismo.

Cuatro kilos de proyectos pendientes

Por supuesto, alrededor de esos proyectos había otros quince esperando turno, ninguna novedad.

La manta de temperaturas iba por el 21 de mayo y ya medía aproximadamente lo mismo que yo. Seguía pendiente una manta 3D (hoy, año y pico después, sigue pendiente). Tenía el CAL de Vanessa esperando cuarenta grannys que todavía no existían, el bolso de Minnie, el chal Elena, el bolso Parda (nombre que nació porque era mi manera de reírme de Prada, el bolso estaba de moda, queríamos tejerlo juntas en la comunidad… y ya no hubo vuelta atrás) y una Camiseta Mandala cuyos archivos había conseguido borrar accidentalmente.

También conservaba un palo enorme que me encontré de paseo, porque un día vi un jardín de atrapasueños y pensé aquello tan peligroso de:

«Algún día hago algo con esto».

El Diógenes lanero no siempre necesita ovillos, acepta también accesorios. Me enorgullece decir a día de hoy que está terminado sobre mi cabecero y el palo dejó de vivir en el trastero.

«Cómo tener un cuerpo bikini»

En aquella época también tenía un proyecto paralelo relacionado con mi cambio físico y hablaba bastante sobre lo que había supuesto perder peso.

Y dije algo que sigo manteniendo:

«Cómo tener un cuerpo bikini: vete a la playa, ponte un bikini y que le den por el c*lo a todo el mundo».

Porque había comprobado algo bastante desagradable: la gordofobia existe.

No solo en los insultos evidentes. También aparece en pequeños cambios en la forma en la que otras personas te miran, te escuchan o te tratan cuando tu cuerpo empieza a acercarse más al canon.

Y eso me hizo pensar mucho sobre cuánto atribuimos a la apariencia y cuánto tiene que ver realmente con la actitud.

Yo decía entonces: «me siento guapa, soy guapa».

No porque mirarte al espejo y repetirte una frase cambie mágicamente tu autoestima, sino porque cuando empiezas a habitar tu cuerpo de otra manera también cambia cómo te mueves dentro del mundo.

Y quizá el problema nunca fue necesitar un cuerpo bikini, era creer que había que pedir permiso para ponerse uno.

Además no te preocupes, la gente no te mira en la playa, están mirando la pantalla de su móvil.

Psicología de Pacotilla antes de tener casa propia

Y entonces llegó ella, la Psicología de Pacotilla.

Todavía no tenía el rincón que tiene hoy dentro de Ganchilleart, pero ya se colaba en los podcast, entre desvaríos y amigurumis.

Aquella vez hablé de la proyección y dejé una de esas frases que, para bien o para mal, son bastante Makandra:

«Cuando alguien te esté atacando tú di: un momento, esta mierda no es mía».

La idea que intentaba explicar era que, en determinadas ocasiones, la intensidad con la que alguien reacciona ante otra persona puede tener más relación con lo que esa persona despierta en él que con quien tiene delante.

Ahora matizaría bastante más aquella explicación.

No todo ataque es proyección y que alguien nos critique tampoco demuestra automáticamente que el problema sea suyo. A veces hemos metido la pata y toca mirarnos también a nosotras, pero sigo creyendo que hay una pregunta útil antes de cargar con cualquier juicio ajeno:

¿Esto habla realmente de mí o estoy intentando hacerme responsable de algo que le pertenece al otro?

Aquella distinción me hubiera ahorrado unas cuantas vueltas al ovillo, porque vemos las cosas como somos, no como son.

Diez maneras de mirar a una persona

Después hice algo muy propio de mí cuando creo que he descubierto el funcionamiento del universo: una lista.

Diez claves para detectar buenas y malas personas.

Hablé del trato hacia los animales, de cómo alguien trata a camareros y personas que trabajan atendiendo al público, de agradecer los favores, saber escuchar, pedir perdón, cumplir aquello que prometes y observar el tipo de relaciones que una persona mantiene alrededor.

Algunas de aquellas ideas hoy las expresaría de otra manera.

Por ejemplo, mirar o no directamente a los ojos no me parece hoy una medida fiable de sinceridad o bondad. Hay muchísimas razones por las que una persona puede evitar el contacto visual que no tienen absolutamente nada que ver con estar mintiendo, a veces es timidez.

Pero otras sí siguen siendo brújulas importantes para mí: cómo trata alguien a una persona de la que no necesita nada, qué hace cuando se equivoca, si sabe dar las gracias o si escucha.

Especialmente hay una: uno vale lo mismo que su palabra.

Sigo pensando que cumplir lo que prometes dice muchísimo de ti. Aunque también he aprendido desde entonces, que ser una persona de palabra incluye no prometer alegremente cosas que quizá no puedas cumplir.

Profecía entre ovillos

También dije una frase que la Elsa de entonces no tenía ni idea:

«La paz mental viene con muchas despedidas».

En 2024 probablemente todavía no sabía hasta qué punto iba a comprobarlo.

Hay relaciones que permanecen, otras que cambian y algunas que simplemente cumplen una función durante una etapa.

Entonces decía eso de » a la gente hay que quererla como es» . Ahora añadiría algo: eso no significa que tengas que quererla cerca.

Puedes comprender a una persona, aceptar que probablemente no vaya a cambiar e incluso conservar cariño por ella y al mismo tiempo, decidir que la relación que podéis construir ya no es buena para ti.

No todas las despedidas necesitan convertir al otro en una mala persona, basta con reconocer que ya no tejéis la misma labor.

Tejiendo desde la cicatriz

Hay algo especialmente divertido en volver ahora a esta Crónica.

Yo estaba hablando de distracciones mientras tenía una manta, cuarenta grannys pendientes, una camiseta borrada, un bolso esperando, un chal parado, un top que no sabía si deshacer y probablemente un palo mirándome desde una esquina.

Y cerré diciendo: «La distracción es el enemigo del progreso».

Pues mira, Elsa de 2024, ahí llevabas razón.

Pero ahora creo que añadiría una cosa: progresar no significa hacer más, a veces consiste en dejar de repartir tu atención entre veinte sitios, elegir qué merece realmente tu tiempo y permitir que algunas cosas se queden sin hacer.

Aquella mujer acababa de mudarse, estudiaba, criaba a su hijo, tejía, grababa, hacía cursos, intentaba mantener dos canales y todavía encontraba tiempo para montarse un drama lanero alrededor de un canesú verde.

No necesitaba aprender a hacer más, necesitaba aprender a elegir mejor.

Eso también explica bastante bien todo lo que ocurrió después con Ganchilleart.

Frase para tu Diario Lanero

No siempre necesito más tiempo, a veces necesito decidir dónde pongo el que tengo.

Dale una vuelta al ovillo

¿Qué está ocupando hoy tu atención sin acercarte realmente a aquello que quieres construir?

¿Prefieres verla?

Esta Crónica Lanera nació frente a una cámara. Puedes ver el vídeo original completo aquí

Fdo: Makandra Elipsis, Psicóloga de Pacotilla y cronista lanera que sigue siendo una señora que hace crochet, pero un poco más mayor.

Ganchilleart® | Contenido Protegido

Este espacio forma parte de Ganchilleart® y todo el contenido compartido está protegido por derechos de autor.

Crónicas Laneras es una colección de artículos narrativos inspirados en experiencias reales vividas alrededor del crochet, la comunidad y el camino personal que ha acompañado a Ganchilleart a lo largo de los años.

Este contenido tiene carácter divulgativo y autobiográfico. Su objetivo es compartir aprendizajes, vivencias y reflexiones que puedan inspirar a otras personas a seguir tejiendo, dentro y fuera del ganchillo.

Aprendamos juntas, siempre con curiosidad, espíritu crítico y responsabilidad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *