Crónica Lanera · Vol. XXI
Querida tejedora:
Hay momentos en los que no necesitas organizarte mejor, ni comprarte otra libreta mona, ni descargarte una app de productividad. Lo que necesitas, lisa y llanamente, es bajarte de la vida un rato.
Esta Crónica la grabé a mediados de marzo de 2024, tras casi dos meses desaparecida de YouTube. Aparecí en pantalla convaleciente, con una mezcla digestiva de codeína – morfina que me dejaba el cerebro dormido y la sensación de haber tirado tanto del carro que, al parar, mi cuerpo se declaró en huelga.
Tenía muchas cosas que enseñar, pero sobre todo tenía una confesión pendiente: «Vengo a contar una gran verdad porque he contado una gran mentira».

La mentira defensiva y el título en la mano
Meses atrás solté en redes que había cancelado las prácticas del ciclo de TCAE (Técnico de Enfermería). Era totalmente falso, las estaba haciendo en el Centro Penitenciario de Logroño, pero necesité inventarme ese abandono para quitarme de encima la presión externa.
Durante cinco meses estuve haciendo encaje de bolillos entre el trabajo a turnos, el colegio de mi hijo, las prácticas en la cárcel y la casa. Sabía que si contaba la verdad, (aparte de algún tipo de boicot) empezaría el goteo constante de preguntas bienintencionadas, sobre cómo lo llevaba o qué haría después.
Me siento muy agradecida del cariño que recibo de otras tejedoras, pero cuando tienes la cabeza al límite, responder a cincuenta personas se convierte en un trabajo añadido. Así que desvié el foco, me puse el escudo y terminé. Ya tenía mi título en la mano y por mis venas había menos sangre que café.
Aquellos meses en la prisión de Logroño me enseñaron muchísimo gracias a un equipo de enfermería de diez. Me llevo recuerdos imborrables y detalles como dos tazas hechas a mano, que me regalaron los propios internos; un objeto que no vale por su precio, sino por lo que representa.
De allí me fui con una lección grabada a fuego: nuestro trabajo no consiste en juzgar la vida de nadie, sino en cuidar e intentar que la gente no se haga daño. Aun así, la experiencia me sirvió también para darme cuenta de que no quería opositar para prisiones. Estaba bien para aprender, pero no para quedarme.
Y ahí tomé la decisión drástica de no volver a contar cosas de mi vida personal en tiempo real. Me encantaría decir que lo cumplí pero somos animales de costumbres… Si pasa algo importante, lo contaré a toro pasado, cuando ya no haya nada que fiscalizar.
Plantas inmortales y chales zamoranos
Tras nueve minutos de confesiones, medicación y cárcel, por fin apareció el crochet. Enseñé un cuello fosforito en punto semilla tejido para Javichu, fruto de uno de esos trueques que tanto me gustan: tú me das tu arte en una lámina y yo te doy horas de mi trabajo tejidas.
También saqué la plantita de amigurumi de San Valentín, que mi hijo Koala había convertido en su juguete estrella jugando a regarla con agua imaginaria mientras gritaba emocionado: «¡Vive! ¡Muere! ¡Vive! ¡Muere!».
Junto a ella, un gorro de Bluey que le tejí a contrarreloj, confirmando que no hay nada que arruine más un hobby que ponerle una fecha límite autoimpuesta. Tejer sin ganas se convierte en un trabajo.
El plato fuerte de los proyectos terminados fue el Autumn Garden, un chal asimétrico que tejimos en el CAL de Telegram. Empezó siendo la idea de una prenda ligera y terminó convertida en una manta zamorana de proporciones descomunales.
Lo tejí aprovechando restos de hilos jaspeados y lisos que tenía acumulados de las cajas de Crochet Society. Porque en aquella etapa me había propuesto gastar lo que ya había en casa antes de salir a comprar más (aunque tener el armario lleno nunca ha impedido a una tejedora volver a picar).
Siete frentes abiertos y una vuelta que te mira mal
Como haber terminado cuatro proyectos me parecía poco, la reacción lógica fue abrir siete más. Seguía avanzando con la manta de grannys 3D, donde ya asomaban la ovejita, la fresa y el cerdito. Para evitar que el peso de tantos cuadrados deformara la labor, decidí coserlos individualmente sobre una manta de forro polar imitando el truco low cost de Mónica (Ikan Crochet).
Por otro lado, la manta de temperaturas llevaba un mes de retraso acumulado y el verde oscuro que compré para las temperaturas de frío polar se estaba muriendo de asco en la bolsa, porque el clima riojano decidió que el invierno de 2024 iba a ser de todo menos predecible.
En paralelo avanzaba con el Bolso Wayuu en tapestry con aguja de 2,5 mm, siguiendo el patrón de Raquel (Saekita Ganchillo). Y ahí me encontré con la típica crisis tejeril: la última vuelta de la base esférica me quedó ligeramente ahuevada. Entré en ese bucle mental (también llamado bucle del martirio) en el que intentas convencerte de que no se nota, mientras sabes perfectamente que tú vas a estar mirándolo fijamente para siempre.
En Telegram el ritmo no frenaba y ya estábamos votando el siguiente CAL entre un gato, un Funko y una Vespa rosa, ganando esta última por goleada mientras yo acumulaba bolsas de lana en el canapé.
Hay una relación indirectamente directa entre caos personal y acumular lana, nadie lo dice, pero la hay. Estoy convencida.
Hilo agotado y la esgrima de la lana
El verdadero «fucking drama» del episodio llegó con el Suéter Esperanza. Tenía el delantero y la espalda unidos y la primera manga a medio hacer cuando me quedé sin lana de forma drástica. No había stock en tiendas físicas ni en internet.
Mi tocaya Elsa se ofreció desde Algeciras a buscarme ovillos, mientras yo echaba cuentas de si me daba para una manga francesa. Ese jersey maravilloso no sale en los episodios pero sí en un short, me costó encontrar el momento. Gracias Elsa, fue un detallazo.
En mitad de ese agobio cancelé una boina que iba a tejer por compromiso para un cumpleaños. Me di cuenta de que seguir sumando tareas por quedar bien era masoquismo lanero.
En ese vídeo también leí la propuesta que me envió Raquel para abanderar La esgrima de la lana, un movimiento para defender el ganchillo frente al elitismo rancio que rodea a las dos agujas. Me repatea esa disonancia cognitiva de quienes miran el crochet por encima del hombro como si fuera algo de segunda categoría, mientras tejen con fibras acrílicas cuando les conviene.
No necesito que el ganchillo sea superior a nada, me basta con que no se le trate con inferioridad. Es una pena que aquel proyecto se quedara en agua de borrajas pero si no tenía que ser, por algo será.
Soltar espacio, soltar ovillos y soltar gente
Para rematar el episodio, aproveché los sorteos del canal para empezar a vaciar el alijo de lana de mi casa. No le veía sentido a comprar premios teniendo estanterías llenas de ovillos asociados a etapas pasadas que ya no me sumaban nada. Fue una decisión simbiótica y egoísta en el buen sentido: yo liberaba espacio físico y emocional y otra tejedora se llevaba una alegría a su casa.
Esa misma limpieza la apliqué a las relaciones personales. Hablé de esas amistades de años que se vuelven unidireccionales y que, en cuanto dejas de sostenerlas tú sola, se caen con todo su equipo.
Al principio da vértigo, pero cuando decides quitarte de encima lo que no te conviene, dejas un espacio maravilloso para que entre gente que de verdad aporta.
Tejiendo desde la cicatriz
De todo lo que dije aquel día con la voz tomada y la cabeza abombada por la medicación, me quedo con una frase que resume exactamente mis prioridades: «Tengo un hijo que solo tiene una infancia y necesita mi atención. Lo demás en esta vida va y viene».
Aquel «me bajo de la vida» no era una pataleta, era la necesidad urgente de poner límites, de proteger mi intimidad, de seleccionar a quién le doy mi tiempo y de entender que no hace falta subirse todos los trenes para llegar adonde quieres.
Frase para tu Diario Lanero
No todo lo que dejas atrás es una pérdida; a veces hay que soltar lastre para que vuelva a caber tu propia vida.
Dale una vuelta al ovillo
¿Qué proyecto, compromiso o relación sigues sosteniendo por pura inercia y te está quitando el espacio que necesitas para respirar?
¿Prefieres ver la historia original?
Esta Crónica Lanera nació frente a una cámara. Puedes ver el vídeo completo aquí
Fdo: Makandra Elipsis, Psicóloga de Pacotilla, coleccionista de tazas y especialista en bajarse de la vida justo antes de empezar otro proyecto.
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Crónicas Laneras es una colección de artículos narrativos inspirados en experiencias reales vividas alrededor del crochet, la comunidad y el camino personal que ha acompañado a Ganchilleart a lo largo de los años.
Este contenido tiene carácter divulgativo y autobiográfico. Su objetivo es compartir aprendizajes, vivencias y reflexiones que puedan inspirar a otras personas a seguir tejiendo, dentro y fuera del ganchillo.
Aprendamos juntas, siempre con curiosidad, espíritu crítico y responsabilidad.