Crónica Lanera · Vol. XXIII
Querida tejedora:
«Todo lo que se soluciona con dinero no es un problema, es un gasto».
Así arrancaba la Crónica. Era 30 de mayo de 2024, llevaba unas dieciocho horas despierta, acababa de volver de la fiesta de la espuma del colegio del koala, la batería amenazaba con abandonar la grabación en cualquier momento y yo tenía una cantidad razonable de proyectos empezados. Es decir: demasiados.
Pero aquel día había uno que tenía que enseñarte sí o sí.
El Plipliosito
Todo empezó cuando mi hijo me pidió que le hiciera un Plipliosito.
Perfecto. ¿Qué narices era un Plipliosito?
Mi pequeño tirano de 5 años me dio unas cuantas pistas pero seguía sin saber qué era. Consiguió que pasara dos tardes enteras buscando por supermercados y tiendas de chuches. El Plipliosito era una especie de guarrada roja, comestible, con pica-pica y azúcar por las orejas, capaz de provocar una hiperactividad que, según mi teoría, solo podía haber inventado un dentista.
Todo muy normal.
Hasta que la madre de Maxi y David resolvió el misterio. Era el osito de Chiquilín. Cosa que ya le había preguntado al koala y dijo claramente que no.
Llevaba 48 horas buscando un producto que no existía. Pero para entonces ya había ocurrido algo peor: mi hijo cree que soy capaz de crear cualquier cosa en ganchillo, algo así como una especie de superpoderes laneros (sigue creyéndolo pero ahora sabe que el tiempo es limitado). Y me pidió que se lo hiciera de lana.
Diseñar, deshacer y volver a empezar
El Plipliosito terminó convirtiéndose en un diseño complicado. No había nada parecido en tutoriales para tejer y tuve que crearlo. Y como suele pasarme cuando creo algo desde cero, eso significó tejer, mirar lo tejido, decidir que no me gustaba, deshacer, volver a tejer y repetir el proceso unas cuantas veces.
Primero que si la cabeza era muy grande, luego que el cuerpo no me convencía y como estábamos en la etapa escatológica en la que todo nos da risa, necesitaba culete, evidentemente.
También le dejé la oreja mordida del dibujo original. Si vas a convertir un personaje en amigurumi, hay detalles que sencillamente no se pueden negociar.
Y ahí estaba yo, diseñando un osito basado en una palabra inventada por mi hijo. Después de reírnos un montón por buscar una cuchara dos días. Si esto no resume lo que es Ganchilleart, no sé qué lo hace.

El dilema de la autoexigencia
Por si fuera poco, tenía otro frente abierto. Tiempo atrás había publicado el tutorial de la camiseta Mandala y algunas personas me decían en comentarios que resultaba difícil seguirlo porque había usado un hilo demasiado oscuro. El vídeo tenía ya cinco mil visualizaciones, pero yo me planteaba volver a grabarlo entero en otro color.
Por diez o quince comentarios, aunque no les faltaba razón…
Aquello me hizo pensar: ¿Hasta dónde tienes que rehacer tu trabajo para intentar complacer a absolutamente todo el mundo? Porque el ovillo original era un regalo y me hizo ilusión tejerlo aunque fuera un hilo oscuro.
Porque enseñar también consiste en escuchar cuando varias personas te están diciendo lo mismo pero es que crear contenido implica tiempo, grabación, edición y repetir trabajos que ya están hechos.
Hoy tengo más claro que la solución está en intentar facilitar las cosas desde el principio: grabar con un hilo que permita ver bien los puntos, acercar la cámara, enseñar también aquello que para mí parece evidente y pensar en quien está al otro lado intentando aprender.
Porque muchas veces el problema no es que alguien no sepa seguir un tutorial, porque yo no he conseguido enseñárselo suficientemente bien, es que igual no le gusta cómo enseñas y puede que tampoco aciertes…
El CAL Rescate
Entre tanto jaleo, el Jersey Amigo Fiel seguía su curso. Era uno de esos proyectos que llevaba años esperando y que decidimos tejer en la comunidad en Telegram. Tejía la talla S y, como de costumbre, se activó mi especialidad: dudar de mí misma, de si me iba a entrar.
Las mangas me preocupaban, el cuello me ahogaba y ya estaba ideando cómo modificarlo. Visto ahora, es bastante representativo de cómo tejo: un patrón puede ser precioso, pero si algo no me resulta cómodo, lo adapto. La prenda está para servirte a ti, no tú a la prenda.
De ahí nació el CAL de la Vergüenza.
La idea era sencilla: coger esas labores que llevan meses cogiendo polvo en una bolsa y darlas por terminadas antes de empezar otra cosa. En teoría. Porque ya sabemos cómo funciona esto: abres la bolsa del proyecto abandonado y, a los tres días, mágicamente has empezado algo nuevo (y sin necesidad de abrir Pinterest…).
Aun así, sigo pensando lo mismo: dejar una labor parada no significa haber fracasado. A veces, simplemente, no era su momento.
La manta interminable y el desastre digital
La manta de temperaturas de 2024 seguía creciendo y amenazaba con medir lo mismo que un pasillo. Mis cálculos iniciales habían sido, siendo generosa, optimistas (aunque mi sofá sea grande, esta manta quedó descomunal).
Pero así es un proyecto de temperaturas: tú no decides del todo cómo queda, el año decide contigo. Cada color es un día que ya pasó; un diario tejido.
Y entonces llegó el fucking drama de mayo.
Me quedé sin WhatsApp, por temas personales tuve que cambiar el número, el email… y entre cambios de cuenta y configuraciones, terminé borrando una cuenta vinculada a Google Drive. Con ella desaparecieron cientos de patrones guardados durante años.
Imagínate la escena: una tejedora con ganas de tejer, un Drive lleno, demasiados ovillos y de repente, la nada.
Un microinfarto en toda regla. Había patrones que jamás habría tejido y que ni recordaba que tenía, pero da igual. Una cosa es decidir tú qué tiras y otra muy distinta que el sistema lo borre sin avisar. Fue una lección rápida sobre lo que significa el Diógenes digital. A día de hoy he vuelto a tener más patrones de los que tejeré, seguro.
Filtro personal y prioridades
«Todavía soy una chica. Pasado mañana ya soy una señora de ganchillo».
Me quedaban exactamente dos días para cumplir 40 años. Era lo que más me preocupaba en ese momento, el fin de la etapa. A punto de cumplirlos, hablé bastante de algo que empezaba a cambiar en mí: las relaciones.
Cada vez me interesaba menos acumular gente alrededor y más saber quién estaba de verdad. Hoy, viendo donde han quedado algunas de esas relaciones, ya tengo la respuesta sobre autenticidad.
Decía entonces que prefería cuatro amistades reales a mil contactos vacíos. La energía es limitada, y cuando te das cuenta, empiezas a seleccionar mejor dónde la pones.
Por eso solté una frase que hoy, con perspectiva, me impresiona volver a escuchar:
«Ya me he cansado de ser fuerte. Estos cuarenta años me toca ser feliz; los cuarenta anteriores ya he pagado mucho karma».
No sabía exactamente cómo lo iba a hacer, pero tenía claro que el chip ya había cambiado. Ahora, dos años después, puedo decirte que es cayéndole mal a algunas personas pero pensando más en mi misma.
Mover el cuerpo y cuidar el lenguaje
También mencioné la importancia de cómo el estado físico influye en la mente, y recuperé esa máxima que me gusta tanto:
«En tu peor día, ponte tu mejor vestido».
No porque ponerse una prenda bonita arregle un problema grave, sino porque hay días en los que el cuerpo tiene que hacer el primer movimiento cuando a la cabeza le cuesta arrancar.
Y sobre la palabra «ánimo», sigo pensando lo mismo. Decirla no es malo, pero cuando alguien lo está pasando mal, soltar un «venga, anímate» suele responder más a nuestra prisa por arreglar las cosas que a lo que la otra persona necesita. Acompañar es estar, escuchar y sostener, no dar respuestas rápidas.
Tirar de la hebra
Entre ovillos y patrones desaparecidos, dije algo que entonces pertenecía al futuro: iba a estudiar Psicología.
No sabía cuándo ni cómo me iba a organizar, pero la intención ya estaba ahí. En ese momento, me sonó a lo típico que dices pero no te crees del todo (aunque lo desees). Por eso me gusta revisar estas Crónicas años después. Descubres que las grandes decisiones no empiezan el día que te matriculas; empiezan mucho antes, cuando una frase se te escapa delante de una cámara un día que estás agotada y a la batería le queda un 1 %.
Tejiendo desde la cicatriz
Aquella versión de mí hablaba de ser feliz, de seleccionar sus relaciones, de estudiar Psicología y de cuidar su energía. Todavía no sabía cómo hacerlo pero ya se estaba haciendo las preguntas adecuadas.
A veces pensamos que un cambio exige un gran plan de la noche a la mañana. No siempre. A veces empieza cuando te das cuenta de lo que ya no quieres aguantar más aunque tengas que mudarte y cambiar de teléfono.
Frase para tu Diario Lanero
Hay decisiones que empiezan mucho antes de que nos atrevamos a convertirlas en planes.
Dale una vuelta al ovillo
¿Qué proyecto o decisión llevas tiempo posponiendo y quizás ya ha llegado el momento de empezar a tomártelo en serio?
¿Prefieres ver la historia original?
Esta Crónica Lanera nació frente a una cámara. Puedes ver el vídeo completo aquí
Fdo: Makandra Elipsis, Psicóloga de pacotilla y cronista lanera que un día dijo que estudiaría Psicología y siguió tirando de aquella hebra.
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Crónicas Laneras es una colección de artículos narrativos inspirados en experiencias reales vividas alrededor del crochet, la comunidad y el camino personal que ha acompañado a Ganchilleart a lo largo de los años.
Este contenido tiene carácter divulgativo y autobiográfico. Su objetivo es compartir aprendizajes, vivencias y reflexiones que puedan inspirar a otras personas a seguir tejiendo, dentro y fuera del ganchillo.
Aprendamos juntas, siempre con curiosidad, espíritu crítico y responsabilidad.