Crónica Lanera · Vol. XXVII
Querida tejedora:
«Buenas noches, no tengo nada terminado pero me apetecía grabar y he dicho: pues hala, venga».
Era 20 de diciembre de 2024. Llevaba unas dieciocho horas despierta, era de noche y probablemente la iluminación no estaba colaborando demasiado con mi cara de cansancio. No tenía ninguna labor terminada que enseñar, pero tenía un gorro empezado, un llavero de labios, una camiseta pendiente de volver a grabar, un Super Mario a medias, una mochila, una manta de temperaturas que todavía iba por julio y muchas cosas que contar.
Pensándolo bien, jamás puede haber una tejedora con todo terminado. Eso es como la gente que sale de la panadería sin empezar a comerse la punta de la barra de pan por el camino: seguramente exista, pero yo no me fío de esa gente.
Y quizá aquel «Nada terminado» hablaba de bastantes más cosas que de crochet.

No estoy deprimida, estoy ocupada viviendo
Había desaparecido un poco y algunas personas me habían preguntado si estaba bien. Incluso había eliminado mi segundo canal, aquel espacio donde hablaba de entrenamiento, alimentación y otras partes de mi vida, y desde fuera podía parecer que algo me ocurría.
Pero no estaba deprimida sino ocupada. Estaba empezando a entender que no podía dedicar la misma cantidad de tiempo a todo.
Trabajaba, estudiaba, hacía deporte, tenía un hijo y además estaba Ganchilleart. Y empezaba a resultarme evidente que abrir más canales, producir más contenido y estar constantemente disponible no iba a darle más horas a mi día.
Cerrar aquel canal también tenía otra razón. Estaba estudiando y aprendiendo muchísimo, pero precisamente por eso cada vez tenía más claro que no quería precipitarme a dar consejos sobre cuestiones para las que todavía no tenía la formación suficiente.
Podía aprender, compartir mi experiencia, pero no necesitaba convertirme inmediatamente en experta de cada cosa que despertara mi curiosidad.
Y así, casi sin darme cuenta, estaba haciendo algo que años atrás me había costado muchísimo.
Decir que no.
Repite conmigo: NO
Durante mucho tiempo poner límites me resultaba difícil. Después llegó una época en la que la palabra empezó a salir bastante más rápido.
Ocurre algo curioso cuando aprendes a utilizar esa palabra: tus síes empiezan a valer más.
Si dices que sí a todo por miedo a decepcionar, por compromiso o porque necesitas agradar, llega un momento en el que ese sí apenas significa nada. Cuando sabes que puedes negarte, cada vez que eliges quedarte, ayudar, participar o comprometerte, lo haces porque realmente quieres hacerlo.
Tu palabra vale lo mismo que tú.
Nunca me canso de decirlo. Aprender a sostenerla también es una forma de autoestima.
El Diógenes lanero también se cura
Aquellos días también estaba haciendo limpieza de otra clase.
Tenía lanas compradas por impulso, materiales acumulados y ese pequeño síndrome de Diógenes lanero que conocemos bastante bien quienes somos capaces de justificar la compra de un ovillo porque «algún día seguro que hago algo maravilloso con esto».
Así que decidí regalar aquel material a través de los CAL de Telegram: el paquetón. Maria Teresa se puso muy contenta cuando le llegó.
Y hablé de otra reflexión que todavía me sigue abanderando: Una labor no vale más porque esté tejida con una lana de treinta euros.
El valor de un proyecto también está en el tiempo que alguien ha dedicado a hacerlo, en las manos que lo han construido, en las veces que ha deshecho una vuelta, en las horas que ha pasado tejiendo y a la vez, pensando cómo solucionar sus problemas.
Puede ser un acrílico comprado en un bazar o una fibra maravillosa. El precio del ovillo no determina el valor del tiempo que alguien ha puesto dentro.
Y quizá por eso me emocionó tanto recibir Dalia, una prenda tejida a dos agujas que me habían hecho para mí. Yo ni siquiera tejo a dos agujas y, de repente, era yo quien estaba al otro lado: Raquel había dedicado sus horas a hacer algo que acabaría en mis manos.
Cuando eres tejedora sabes perfectamente lo que significa eso: Amor del bueno.
Nada terminado y media casa llena de proyectos
El título del vídeo no mentía. Estaba haciendo un gorro con acrílico grueso siguiendo el tutorial del Gorro Costa. Seguía con el llavero de labios. Tenía una camiseta que quería volver a grabar en un color que se apreciara mejor en cámara y había empezado un Super Mario para mi hijo.
También avanzaba con el jersey y con una mochila cuyo tejido había tenido que corregir porque empezaba a abombarse.
Y la manta de temperaturas de 2024 seguía por julio.
Aquella manta tenía unas aspiraciones bastante serias: taparnos a todos en el chaise longue, pero ahora mismo era una tarea agobiante para mi cerebro de lana.
Podría haber mirado alrededor y pensar que tenía demasiadas cosas sin terminar pero se supone que el crochet era mi hobby. ¿En qué momento un pasatiempo tenía que convertirse también en otra fuente de ansiedad?
No todo lo empezado necesita terminarse inmediatamente. Hay proyectos que avanzan deprisa, otros que descansan meses y algunos esperan tranquilamente hasta que vuelve a apetecerte cogerlos (algunas veces es nunca).
La vida ya tiene suficientes obligaciones como para convertir también el cesto de labores en una lista de tareas pendientes.
Cuando una manta deja de ser solo una manta
Mientras algunas labores esperaban a que yo me enfocase un poco, otras habían salido de casa.
Con las tejedoras de UKÑ habíamos entregado una manta colaborativa a la presidenta de VenceLA (Paqui), la asociación contra la ELA, para que pudiera utilizarse en una subasta solidaria. También preparábamos una iniciativa para el Día Mundial del Abrazo.
Y ahí volvía a aparecer algo que se repite muchísimo cuando miro estas Crónicas antiguas: yo creía que estaba hablando de ganchillo, pero el ganchillo llevaba tiempo convirtiéndose en otra cosa.
Era una excusa para reunirnos, regalar, colaborar, abrazarnos y construir comunidad.
Un granny por sí solo puede parecer poca cosa, pero si juntas muchas manos, pueden convertir un montón de cuadrados en una manta capaz de ayudar a alguien.
Cree en ti, tú puedes
También hubo regalos.
Herramientas de madera, un medidor de agujas, una regla para muestras de tensión, un bloqueador de grannys, pequeños detalles personalizados, mecanismos para cajas de música, calcetines, marcadores, un neceser de koala y un paquete enviado desde Algeciras por mi tocaya Elsa.
Dentro estaba además algo que necesitaba de verdad: la lana exacta que me faltaba para terminar las mangas del Suéter Esperanza.
Un proyecto que llevaba meses parado, podía volver a avanzar porque alguien se había tomado la molestia de buscar aquello que yo ya no encontraba.
Y entre todos aquellos detalles había una libreta con una frase:
«Cree en ti, tú puedes».
A veces el mensaje llega envuelto en grandes acontecimientos, otras viene escrito en la portada de una libreta dentro de una caja enviada por alguien que se acordó de ti.
Tejiendo desde la cicatriz
Hacia el final de aquel año dije que estaba haciendo dieta mental.
Cuando aparecía un pensamiento negativo intentaba detenerlo y recordarme: «que no, que tengo mucha suerte».
No se trataba de fingir que todo era maravilloso ni de tapar los problemas con frases positivas. Había empezado a elegir prestar atención a aquello con lo que quería alimentar mi cabeza.
También empezaba a comprender que no necesitaba perseguir constantemente personas, proyectos, reconocimiento o expectativas.
Y dije algo que entonces me resonaba mucho: «si intentas gustarle a todo el mundo dejas de ser tú, y entonces es cuando no le gustas a nadie, ni siquiera a ti misma».
Quizá de eso iba realmente aquel vídeo llamado Nada terminado.
De aceptar que una vida no tiene por qué estar perfectamente rematada para estar yendo bien.
Había proyectos abiertos, estudios en marcha, decisiones recién tomadas, lanas esperando su momento y una manta que todavía iba por julio cuando el calendario ya marcaba diciembre.
Pero había algo que sí estaba aprendiendo a terminar: la necesidad de explicarme constantemente.
No lo tenía todo terminado y no pasaba absolutamente nada.
Frase para tu Diario Lanero
Mi vida no necesita estar terminada para estar bien tejida.
Dale una vuelta al ovillo
¿Qué proyecto —lanero o no— te estás exigiendo terminar cuando quizá lo único que necesita es que le permitas seguir su propio ritmo?
¿Prefieres verla?
Esta Crónica Lanera nació frente a una cámara. Puedes ver el vídeo original completo aquí
Fdo: Makandra Elipsis, Psicóloga de Pacotilla y cronista lanera que aprendió que tener muchas labores empezadas no significa tener la vida a medias.
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Crónicas Laneras es una colección de artículos narrativos inspirados en experiencias reales vividas alrededor del crochet, la comunidad y el camino personal que ha acompañado a Ganchilleart a lo largo de los años.
Este contenido tiene carácter divulgativo y autobiográfico. Su objetivo es compartir aprendizajes, vivencias y reflexiones que puedan inspirar a otras personas a seguir tejiendo, dentro y fuera del ganchillo.
Aprendamos juntas, siempre con curiosidad, espíritu crítico y responsabilidad.