Hace unas semanas una amistad importante para mí llegó a su fin. O al menos, a una pausa indefinida.
Y cuanto más vueltas le doy, más convencida estoy de que nadie hizo nada especialmente malo. Simplemente dejamos de encajar.
Durante mucho tiempo pensé que cuando una relación termina era porque alguien había fallado. Porque alguien había tomado una mala decisión. Porque algo había cambiado. Y quizá ahí está la clave.
Porque sí, he cambiado.
Pero no de la forma que yo creía.
La Teoría de Sistemas
Hace poco descubrí un concepto de Psicología que me ayudó a entenderlo mejor: la Teoría de Sistemas.
Dicho de forma sencilla, un sistema es un conjunto de elementos que se influyen mutuamente. Una familia es un sistema. Una amistad es un sistema. Un grupo de trabajo es un sistema. Incluso una comunidad de tejedoras es un sistema.
Y cuando una pieza cambia, las demás tienen que recolocarse.
Eso no significa que la pieza sea mejor. Ni peor. Ni que las demás estén equivocadas. Significa simplemente que el sistema ya no funciona exactamente igual que antes.
¿Qué pasa cuando una pieza ya no encaja?
Desde la perspectiva de Niklas Luhmann, cuando cambian los roles, ocurren varios fenómenos:
- Desacoplamiento comunicativo: Dejas de sentirte comprendida o empiezas a no comprender ciertas dinámicas que antes te parecían normales.
- Irritación del sistema: Llega el ruido. Se intenta recuperar el equilibrio que había antes y aparece esa sensación incómoda de que algo ya no fluye igual.
Cuando esa tensión se vuelve insostenible, el grupo solo tiene dos caminos para sobrevivir de ahí en adelante:
- Re-selección o exclusión: Reajuste o distancia. Empiezas a ignorar la pieza o la integras.
- Evolución: Transformación conjunta. La relación cambia las reglas del juego, se convierte en otra cosa y evoluciona.
Otras veces no.
Y entonces algunas piezas simplemente dejan de ocupar el mismo lugar dentro del patrón. Eso no convierte a nadie en el malo de la historia. Solo significa que la labor ya no se teje de la misma manera.
Y creo que eso es exactamente lo que me ha pasado. La pregunta entonces no es quién tuvo la culpa. Es otra. ¿Qué cambió? Es que no fue algo que decidiera una mañana al levantarme.
No pensé: «Voy a convertirme en otra persona».
Ni: «Voy a alejarme de esto».
Fue mucho más sencillo. Y más extraño. Seguí tirando del hilo de las cosas que me interesaban. Lo que me llamaba la atención cuando pasaba por delante.
Transición
Ganchilleart empezó siendo el proyecto de una mujer que tejía en el despacho de su casa. Enseñaba sus tejidos sobre patrones gratuitos, contaba proyectos con ilusión, lloraba sus errores laneros y compartía sus aprendizajes. La tejedora de las lanas low cost con mucho «ensayo-error» en esto del ganchillo.
Era un espacio de entretenimiento, sin más. Pero la vida tiene la costumbre de colarse por todas las rendijas, y poco a poco el crochet dejó de ser únicamente crochet.
Había más persona que personaje.
Y la persona estaba en proceso de reconstrucción. Simplemente empecé a enseñar lo que yo misma estaba aprendiendo. A protegerme, a llenar esos vacíos, en el libro de instrucciones imperfecto que me dieron en la niñez. No fue un proceso bonito, pero ya fue.
Crecer puede generar incomodidad en quienes estaban acostumbrados a una versión anterior de nosotros.
Algunas personas pertenecen a una etapa de nuestra vida, no necesariamente a toda la vida. No necesitas que se equivoquen al soltarte para que tu camino tenga sentido. Lo más incómodo no es que a la otra persona le vaya mal. Lo incómodo es que a ambas os vaya bien y aun así la relación no vuelva a ser la misma.
Aunque pierdas el contacto con alguien, no estás obligado a convertir esa historia en algo malo. A veces una relación termina simplemente porque las piezas han cambiado de lugar. Aun así puedes conservar un buen recuerdo.
Habrá nostalgia. Sentirás una pequeña punzada cuando recuerdes ciertos momentos. Habrá días en los que eches de menos lo que fue. Pero también puede quedarse algo bonito. No todas las despedidas necesitan convertirse en guerras.
Algunas terminan convirtiéndose en recuerdos.
Con el tiempo me he dado cuenta de que algunas personas llegaron por el crochet, otras por las historias y otras por esta extraña mezcla de lana, aprendizaje y crecimiento personal.
Tejiendo conexiones
Primero llegó la enseñanza. Empezó hacia adentro y tras diez años, brotó hacia afuera. Ya no era sólo hablarte de crochet, exponerme como tema y no como anfitriona, quizá no era el camino correcto. De ahí que ya sean crónicas, no podcast.
Después la escritura. A veces creo que me cuesta menos escribir porque me da tiempo a pensar y sobre todo porque no tengo que estar hablando conmigo misma mientras hablo contigo. Si, a la vez (es cómo tener dos cerebros en uno, sólo un géminis lo entiende).
Después la necesidad de entender por qué pensamos como pensamos. De conocer quien soy cuando no cumplo con lo que espera de mí, nadie.
Después la web. Haber trabajado el merecimiento, la autoestima (en parte gracias a recibir ese amor de los demás) hizo que pensase en que tenía que enseñar mi camino. Fue demasiado tiempo perdida en el bosque. Sin conocerme. Mostrarlo no desde el «mira todo lo que sé, sino desde el «sé como te sientes». Y sin darme cuenta terminé acercándome a la Psicología.
No fue un plan.
Fue una consecuencia.

Evolución
Durante mucho tiempo pensé que simplemente me gustaba el ganchillo. Ahora creo que el crochet fue solo la puerta de entrada. Cuando miro hacia atrás me doy cuenta de que lo que realmente me fascina no son los puntos.
Son los patrones.
Intentar entender por qué las cosas funcionan como funcionan. Por qué algunas relaciones duran décadas y otras apenas unos años. Por qué repetimos ciertos errores. Por qué nos aferramos a personas, proyectos o ideas que hace tiempo dejaron de encajar con quienes somos hoy.
Y ahí fue cuando empecé a darme cuenta de algo curioso.
Mi forma de aprender no se parece demasiado a la de la mayoría de la gente. No suelo memorizar conceptos aislados. Me veo bastante incapaz. Necesito entender cómo se relacionan entre sí.
Si me das una definición probablemente la olvidaré. Pero si me cuentas una historia, una metáfora o una experiencia real, mi cabeza empieza a tirar del hilo. Y de repente aparecen conexiones por todas partes.
No he cambiado porque quisiera cambiar. Ni porque quisiera ser mejor que nadie. He cambiado porque tengo una tendencia natural a hacer analogías.
Leo sobre comunicación y pienso en una labor mal rematada. Leo sobre apego y pienso en esos ovillos que guardamos durante años porque nos da pena deshacernos de ellos. Leo sobre la Teoría de Sistemas y veo un patrón completo de amistad deformándose porque hemos cambiado el grosor del hilo, deja de tener caída y la prenda se vuelve cartón.
Mi cabeza funciona así.
Siempre está buscando conexiones.
No sigo un camino recto ni acumulo datos en un cajón; lo que hago es cruzar puentes entre lo que vivo, lo que leo y lo que tejo, creando un mapa propio que me ayuda a sobrevivir.
Y durante mucho tiempo pensé que era una rareza. Ahora empiezo a pensar que quizá sea una fortaleza, una especie de superpoder lanero.
Por eso estudiar Psicología no me asusta tanto como debería. También sé que no voy a aprenderla memorizando definiciones. Voy a aprenderla haciendo lo que llevo toda la vida haciendo:
Tejiendo conexiones.
Y quizá por eso Ganchilleart ya no es solamente un canal de crochet. Porque al final nunca fue únicamente un canal de crochet.
Era el lugar donde yo intentaba entender el mundo utilizando el lenguaje que mejor conocía: el de los ovillos, los patrones y las labores que a veces hay que deshacer completamente para poder reconstruirte mejor.
Querida tejedora:
La paz mental llega con muchas despedidas, siempre lo digo. No porque las despedidas sean agradables. Sino porque llega un momento en que algunas versiones de nosotros mismos se nos quedan pequeñas en ese lugar. Y ya no cabemos dentro.
Y cuando eso ocurre, aferrarse duele más que soltar. A veces no pierdes a una persona. Simplemente dejas de encajar en la idea que tenía de ti. Y ella deja de encajar en la idea que tú tenías de ella. Eso no borra los buenos recuerdos.
No invalida lo vivido. No convierte una historia bonita en una historia mala. Simplemente significa que el sistema ha cambiado. Y que algunas piezas ya no tienen un lugar dentro del patrón.
Por eso cuando los caminos se separan, lo único que queda es desearle lo mejor. Hacerlo sin acritud, aceptando que el viaje compartido ha terminado.
Tejiendo desde la cicatriz, no desde la herida
Este no es un artículo sobre una amistad que terminó. Tampoco sobre el ganchillo, la Psicología o la Teoría de Sistemas.
Es la historia de una persona que empezó tirando de un hilo y acabó descubriendo quién era.
Fdo: Makandra Elipsis. Psicóloga de pacotilla y tejedora de conexiones imposibles.
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Psicología de Pacotilla es una sección divulgativa creada desde mi experiencia personal y mi formación como estudiante de Psicología. Su objetivo es acercar conceptos psicológicos al lenguaje que compartimos las tejedoras.
Este contenido no constituye terapia psicológica, diagnóstico ni intervención sanitaria, y en ningún caso sustituye la atención de un profesional cualificado.
Aprendamos juntas, siempre con curiosidad, espíritu crítico y responsabilidad.