El cambio de color no es gratis

Tú eres un ovillo, te encuentras con otro ovillo y aparentemente sois de la misma tintada. Os entendéis, encajáis, empezáis a tejer una relación.

Hasta que aparecen otros ovillos. Entonces ocurre algo curioso: ese ovillo que contigo tenía un color empieza a oscurecerse cuando se junta con los demás. Y la prenda que estáis tejiendo empieza a cambiar…

A solas contigo es cercano pero delante de determinados «ovillos» cambia. Ahí es donde empiezas a preguntarte si has estado mirando la etiqueta equivocada.

Porque no basta con ver cómo te trata alguien cuando tratarte bien es gratis. Hablo de un equipo de trabajo… de una amistad suelta dentro de un grupo…de un familiar…

Porque a mí también me importa ver qué ocurre cuando mantener esa misma actitud delante de otros puede costarle pertenencia, aprobación, posición o comodidad.

Ya no es gratis y eso se nota. Porque a veces posicionarse a tu lado tiene un coste social para el otro ovillo. Sobre todo en un entorno laboral…

Y hay personas dispuestas a pagarlo y otras que cambian de color.

Coste social y cambio de comportamiento delante de un grupo

Esto en psicología se llama… coste social

En ese momento es donde aparece el coste social: lo que una persona percibe que puede perder —o arriesgar— por mantener una determinada conducta delante de los demás.

Porque hay personas que contigo, en privado, son de una manera, pero cuando puede tener coste, cambian.

Y ese cambio de color te va a dejar la prenda hecha una pena (la cabeza al pensarlo y el corazón al descubrirlo, más).

Ya te dije hace poco que en esta sociedad educada, no puedes plantarte delante y soltarle: «He visto cómo te relacionas conmigo y como cambias cuando hacerlo tiene para ti un coste social (así, en modo psicología de pacotilla) y no me gusta».

Bueno, poder puedes, pero no ganas nada con desenmascarar a alguien que va a negarte la mayor (añade a tu lista de pupa en la cabeza y en el corazón, la frustración).

Lo que activa la tintada

Ese desprecio, (o en fisno), llamémosle agravio, que activa la necesidad de reparar nuestra dignidad es nuestra herida de humillación llamando a la puerta.

Nos empuja a que el otro sepa que no somos idiotas, que lo hemos visto. Algo así como: Quiero que sepas que sé perfectamente lo que estás haciendo a mis espaldas.

A veces incluso puede provocar una reacción mucho mayor que el hecho concreto que la desencadenó. O cuando las circunstancias te empujan a explotar y lo haces; se acaba diluyendo el motivo que te empujó a ello porque solo se ve la explosión y se te señala como la causa.

Pero hay otra posibilidad mucho más elegante: REGISTRAR Y RECALIBRAR.

No necesito hacerte pagar, ni devolverte lo mismo. Ni siquiera necesito que sepas que me he dado cuenta. Estoy manteniendo la relación en el lugar en el que tus actos la colocaron. Ninguno.

Pagar con la misma sólo serviría para justificar su comportamiento y seguirías sintiéndote mal.

Me falta memoria, me sobra empatía

El problema es que el enfado se te pasa. Y cuando se te pasa, vuelve la empatía (a mí por lo menos me pasa).

Vuelves a escuchar, a comprender, a validar, a ser cercana. Quizá no tanto a confiar pero si además no se la guardas (siempre digo que el rencor es un veneno que te bebes tú, para que se muera el otro), corres el riesgo de que desaparezca el dato de por qué te enfadaste.

Pero una cosa no debería llevarte a la otra. No necesitas conservar el enfado para conservar la información. «No recordar para cobrar sino para calibrar.»

No pongas rencor sino distancia

Siempre digo que a la gente hay que quererla como es, que no significa que debas aguantarla, sino aceptar lo que hay.

Porque no se trata de modificar tu personalidad para protegerte, sino de modificar quién tiene acceso a determinadas partes de ti.

Porque poner la otra mejilla está muy bien pero llega un momento en que ya solo te queda el culo…

Tu confianza es un privilegio, puedes aprender de ello.

Aprende a ser «superficial»

Suena duro, pero no sé explicarlo de una forma más clara. Se trata de volverte ordenado. Pero en vez de con cosas, con gente:

Puedo seguir siendo cercana y seguir siendo empática (hasta puedo seguir escuchando las cosas que me cuentas, incluso si ya no me las creo).

Eso no te convierte en hipócrita, ya que no finges sentimientos, ni valores que no tienes para manipular.

Algunos lo llamarían educación relacional. Yo quizá después de la vida que he vivido, supervivencia.

Dale una vuelta al ovillo

Ni vas a conseguir que el otro desarrolle esa lealtad (que ya ha mostrado que le falta), ni tú te vas a sentir mejor por romper esa relación (algunas veces tampoco puedes).

Tenemos relaciones así a diario y no podemos soltarlas porque nobleza obliga (familia), las circunstancias económicas mandan (trabajo) o tu felicidad de pertenencia te lo pide (acabar aislado sin necesidad).

Tampoco te digo que te conformes con estar a medias. Se trata de tratar.

El ser y el estar guárdalo para la gente sin dobleces.

Fdo: Makandra Elipsis, psicóloga de pacotilla que aprendió a tratar sus cambios de color de forma más educada.

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Psicología de Pacotilla es una sección divulgativa creada desde mi experiencia personal y mi formación como estudiante de Psicología. Su objetivo es acercar conceptos psicológicos al lenguaje que compartimos las tejedoras.

Este contenido no constituye terapia psicológica, diagnóstico ni intervención sanitaria, y en ningún caso sustituye la atención de un profesional cualificado.

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