15.340 días de vida en total. Tras una condena por inercia de 14.245 días, los últimos 1.095 me han dejado salir al patio.
Querida tejedora:
Cuando vienes de un estrés postraumático complejo, tu perspectiva cambia. Tu máxima aspiración se reduce a tener una «vida de mono», ya sabes: comer, dormir, cag*r y f*llar. Quizá tus únicas conversaciones mentales contigo misma estén basadas en tener el dinero justo para sobrevivir un día más.
Ni en mis mejores sueños me planteaba romper esa inercia, y mucho menos plantearme la existencia como algo único o trascendental. Esta mente hiperactiva tenía que servir para algo más que para volverse loca. Pero resulta que la única persona que me estaba impidiendo salir de ahí era yo misma. Nadie más.

Así que ahí los tienes. Los manuales de primero de Psicología de la Uned ya están en mi mesa. Verlos así, todos juntos, da un vértigo que te mueres (del de Estadística no he conseguido libros porque todo el mundo la tiene suspendida, así que esa es una de las que dejo para el año que viene, jajaja).
Ahí es cuando aparece el dichoso Síndrome del Impostor.
Qué es el síndrome del impostor:
En psicología, esto no es una enfermedad; es un fenómeno donde eres incapaz de asimilar tus propios logros y vives con el miedo constante a ser descubierta como un «fraude». Sientes que tus éxitos son por pura suerte y que los retos nuevos te vienen grandes.
Ver este montón de folios me ha devuelto de golpe el mismo miedo que sentí cuando me presenté a la oposición: esa sensación de «no voy a ser capaz» que luego, cuando salen las listas y ves que eres una de las 105 de 1.200 que aprueba, te demuestra que el límite solo estaba en tu cabeza.
El miedo es libre, sí, pero se puede usar como motor. Tú eliges si esa fuerza te bloquea o si la usas como el impulso para dar tu propio Level Up.
Pon tus propios límites (pero sé realista)
Ojo, avanzar no significa volverse loca. Tengo los libros de primero, pero lógicamente no voy a meterme las 9 asignaturas de golpe. Una cosa es no ponerse límites y otra muy distinta es no tener estrategia. Llevar una casa sola, medio niño y un trabajo a jornada completa ya es un maratón diario.
Avanzar con cabeza también es parte del éxito; si te cargas con todo el primer día, la hostia está asegurada.
El gran miedo al amigurumi:
¿Cuántas veces te has quedado atrapada en el ganchillo básico por puro miedo a no dar el salto? Sigues con las bufandas, los chales y los gorritos.
El miedo a las costuras, a que el muñeco te quede amorfo, a no saber rellenarlo… Ese es el verdadero f*k*ng drama lanero de la que se autoboicotea por culpa del dichoso impostor.
Piensas: «No soy una tejedora de verdad, llevo muy poco tiempo o sé muy poco. Si intento hacer ese peluche va a ser un desastre». Y por ese miedo, te estás perdiendo la oportunidad de tejer la muñeca de tu infancia o ese peluche que tu gente recordaría recibir toda la vida.
Cómo superar el síndrome del impostor: De la terapia a la lana
Todo en esta vida es exponerse. El síndrome del impostor no se cura sentada esperando a que se te pase el susto; se cura haciendo. Se cura demostrándole a tu cerebro con evidencias reales que sí puedes, tejiendo sólo un punto a la vez. No eres una egocéntrica por reconocerte el mérito, a pesar de que nos han educado en esa humildad, de que tenemos que tener de minimizar nuestros logros. Pero bueno, eso es para otro día…
En terapia existen dos formas de enfrentarse a los miedos, y en el ganchillo pasa exactamente lo mismo:
1. Terapia de choque o inundación: El riesgo del proyecticidio
Lanzarte de golpe a lo más difícil. En el ganchillo, esto sería comprar un patrón avanzado de 50 piezas llenas de articulaciones sin haber tejido una esfera antes. El riesgo de frustración y «proyecticidio» es altísimo. NO te lo recomiendo para nada. Lo único que vas a conseguir es cogerle asco al ganchillo y no querer ver un muñeco ni en pintura.
2. Aproximaciones sucesivas: Ingeniería de supervivencia punto a punto
Esta es la ingeniería de supervivencia que a mí me gusta. Consiste en dividir el monstruo en trocitos pequeños (así da menos miedo 🤣). Si te da pánico el amigurumi, empieza por piezas planas, luego una pelotita…y ve subiendo el nivel.
Yo empecé así. Fui pasito a pasito hasta conseguir inventar mis propios patrones, algo que me parecía impensable cuando tejí aquel primer búho que me quedó medio tuerto. Por si no lo recuerdas, te hablé de ello en este podcast
Tu primera zancada: El movimiento se demuestra andando
Esto me recuerda al primer día que salí a correr. Salí a la calle con gafas de sol por la vergüenza que me daba. Me sentía una impostora total, sentía que no era una runner, que no me merecía ocupar las calles por las que corría todo el mundo y que cualquiera con quien me cruzase era mejor que yo.
Es absurdo, porque cualquiera que sale a la calle puede correr, pero estás acojonada porque te comparas con personas que ya tienen ese fondo. Físicamente no sabes ni cómo dar la primera zancada, ya que estás empezando, pero en lugar de decirte: tengo todo el derecho del mundo a estar aquí; te crees un fraude.
Aquel final de verano de 2023 salí escondida bajo esas gafas oscuras porque no me podía tapar con más ropa del calor que hacía. Hoy, a las puertas de este verano sahariano que se nos viene encima, pienso en salir con la menor ropa posible porque me asfixio, y me da exactamente igual lo que piensen.
La diferencia entre ese primer día de impostura y hoy es que tengo conmigo las evidencias reales de que sí puedo (una trayectoria que debes empezar a construir).

Lo que NO debes hacer (Evita el autoengaño lanero)
Se me ocurre que puedes empezar con un tutorial que se llame: Amigurumi fácil para principiantes paso a paso. Te van a salir chorrocientos vídeos de gurús del ganchillo. Elige uno que te guste, no uno que parezca fácil (además eso no siempre se sabe al verlo tejido, créeme).
Pero, sobre todo, hazme el favor de no cometer el error típico de manual: no te vayas a la tienda a comprarte una bolsa entera de madejas para «cuando por fin sepas tejer ese patrón avanzado». Eso es exactamente el mismo autoengaño que comprarte unos vaqueros dos tallas más pequeños para «cuando adelgaces». Lo único que vas a conseguir es alimentar el síndrome del impostor, cargarte de culpa y mirar las madejas de reojo con una frustración tremenda en tu cajón de la vergüenza. Construye esa trayectoria con ese ovillo de lana «feucha» que tengas hoy en casa para practicar o con un color que te guste.
Llega más lejos el que da pasitos cortos pero constantes, que el que da un salto gigante y se rompe la pierna. El movimiento se demuestra andando.
Yo ya he empezado con mis primeras asignaturas (porque estudiar por tu cuenta está muy bien pero el manual de Otto Kenberg, sólo sirve para tirarte el rollo) con el mismo vértigo que tú tienes ante tu primer amigurumi, pero aquí estamos, en la lucha.
Frase para tu diario lanero (bueno, más bien para el mío): La ventaja es que todo lo malo que me digas, ya me lo he dicho yo antes.
¿Cuál es ese proyecto que te da pánico empezar por miedo a que quede amorfo, pero que te mueres por tejer? ¿Vamos a por ello a poquitos?
Te leo en comentarios.
Makandra Elipsis: Psicóloga De Pacotilla que se queda a vivir en el patio (el cual resultó que no estaba vallado).