Herida Lanera Vol. IV: El Rechazo

El patrón que nunca es para ti (Autosabotaje entre ovillos)

Tengo que decirte la verdad antes de que sigas leyendo: este post te va a escocer, y mucho. Si buscas que te dore la píldora o que te diga que «todo es ponerse», vete a ver tutoriales de flores; este post es para las que quieren analizar por qué se rechazan a sí mismas antes de que el mundo tenga siquiera la oportunidad de hacerlo.

¿De dónde viene esta herida? (Sin lana, solo realidad)

La herida de rechazo es la más profunda de todas porque no duele por lo que te hacen, sino por quién crees que eres. De niños, estamos forjando nuestra identidad y absorbemos como esponjas lo que creemos que somos en base a lo que nuestro entorno nos dice que somos. Formamos nuestro autoconcepto a través de los ojos de los demás.

Si tuviste la mala suerte de crecer con alguien que siempre subrayaba tus fallos o te hacía sentir que «todo lo hacías mal», acabas creyendo que eres una inútil. No es solo que te fallen; es que te venden una imagen distorsionada de ti misma y tú la compras como si fuera una verdad absoluta.

Nace cuando, de pequeña, sentiste que no eras «lo que se esperaba», que sobrabas o que tus ideas no tenían hueco. Quizá te prometieron llevarte a Disney y, al final, no te llevaron porque te portaste mal o porque no fuiste lo que ellos esperaban.

Hoy en día, el rechazo lo arrastra muchísima gente y se manifiesta en gestos cotidianos que te hacen querer ser invisible:

  • La que no opina en el grupo de WhatsApp: Por miedo a que su comentario sea ignorado o parezca una tontería.
  • La que pide perdón por todo: Como si su mera presencia fuera una molestia para los demás.
  • La que corta antes de que la dejen: Paradójicamente, cuando tienes miedo a que una relación se acabe, prefieres romper tú primero. Te convences de que es mejor sufrir porque tú has decidido irte, que pasar por el dolor de que te dejen de nuevo.
  • La que se esconde tras la ropa ancha: O tras un perfil sin foto, buscando que nadie la mire demasiado para no ser juzgada.

Síntomas laneros: El deseo de desaparecer

En psicología, esto lo llamamos el deseo invisible de desaparecer. En nuestro mundo de ganchillo los síntomas son claros:

  • Autosabotaje constante: Eres la primera en decir «esto no es para mí» antes de comprar el hilo. Tienes miedo a que el proyecto te rechace a ti porque no sabes interpretar el diagrama.
  • Sentimiento de nulidad: Sufres ansiedad cuando te comparas. Te sientes pequeña, una intrusa en un mundo de «expertas».
  • Huir antes de que te echen: Si un patrón se complica, lo guardas en el «cajón de la vergüenza». No es falta de tiempo; es que no soportas que ese trozo de papel te haga sentir que no eres lo suficientemente inteligente para sacarlo adelante.
  • Vivir segura: Te escondes tras proyectos fáciles y repetitivos porque te da miedo brillar. Crees que si haces algo espectacular, alguien vendrá a decir que «te lo has flipado» y que ese lugar no te corresponde.

El pensamiento es un sirviente maravilloso…

… pero es el peor de los amos si lo dejas suelto. Tu lenguaje interno es la clave de todo. Si te pasas el día diciéndote que «eres una manazas» o que «esto te viene grande», estás alimentando al monstruo del rechazo. Pon a trabajar tu mente para ti o será el más cruel de los jueces…

Todas hemos visto una prenda espectacular y hemos pensado: «yo no puedo tejer eso». Esa es tu herida hablando. Te estás rechazando como tejedora capaz antes de dar la primera cadeneta. Te convences de que a ti no te va a quedar bien, saboteando tu propio empoderamiento camuflado entre ovillos.

¿Sabes qué te empoderaría de verdad? Coger ese patrón que te da pánico y decidir que, aunque te quede como un churro, vas a ocupar tu lugar en la mesa de las que se atreven. A veces sí, es cuestión de empezar y ponerse vuelta a vuelta, pues conforme avanzas, vas entendiendo el patrón. Seguirás dudando de tu capacidad resolutiva pero sólo cuando lo estás creando es cuando se te ocurre como seguir tejiendo.

Por eso te matriculas en primero de psicología con cuarenta años y te pones a estudiar, aunque no tengas ni idea del año en que vas a licenciarte ni de como digerir la asignatura de Fundamentos Biológicos de la Conducta. Porque tú llegas ilusionada pensando en que desgrana el comportamiento y la conducta, pero la UNED te planta delante un libro que te habla de la electricidad de una neurona, el intercambio químico en el espacio sináptico o tienes que aprenderte cada recoveco del cerebro (hipocampo, amígdala, hipotálamo) como si fueras a operarlo.

Encontrarás la manera, date la oportunidad.

Tu seguridad no depende de la perfección

Tenemos que aprender a tejer desde la cicatriz. La herida te dice que no vales, pero la cicatriz te recuerda que cada punto que cierras es una victoria contra ese rechazo que te inyectaron de pequeña.

Lo que nos jode del ganchillo cuando aparece el drama no es que el patrón sea difícil; es darnos cuenta de que nos habíamos rechazado antes de empezar. Si tu paz mental depende de que el resultado sea perfecto para sentirte «aceptada», estás viviendo en una cárcel de hilos.

Primeros auxilios para el rechazo lanero

  • Aceptar que el error no te define: Un punto mal hecho no significa que seas una mala tejedora.
  • Soltar la comparación: Si negocias contigo misma que siempre vas a ser la «segunda», nunca serás la protagonista de tu propia vida.
  • Háblate bien: Trátate como tratarías a tu mejor amiga cuando se le enreda el hilo. Con paciencia y sin insultos.

Frase para tu Diario Lanero: «No soy el patrón que no pude terminar, soy la tejedora que tuvo el valor de empezar a pesar del miedo».

Fdo: Makandra, Psicóloga de pacotilla y esa niña que todavía sigue esperando ir a Disney.

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