El Papa a 700 kilómetros y tu abuela a diez

Querida tejedora:

Te has pasado tres semanas tejiendo un jersey que te encanta. Encontraste un tutorial gratuito, elegiste los ovillos, hasta hiciste la muestra (eso es que te emocionaba de verdad) y ya vas por la mitad.

Estás disfrutando del proyecto y te gusta cómo queda. Incluso tienes ganas de terminarlo, pero entonces abres Instagram y aparece una influencer con un patrón de pago.

Es un diseño precioso, una técnica que aún no conoces y está tejido con una lana exclusiva de una tintada hecha sólo para los pedidos realizados a través de su web. Ves un montón de fotografías en las que se la ve sonriendo, como si no tuviera problemas del primer mundo.

De repente tu jersey ya no te interesa tanto. Dejas el ganchillo un momento, guardas el proyecto en una bolsa de labores y te convences de que necesitas empezar el nuevo.

Porque lo que tienes ya lo conoces, el otro es una novedad. Y la novedad, amiga, tira mucho…

Esto en psicología se llama: Sesgo de la novedad y neofilia

En psicología social, este comportamiento responde al sesgo de la novedad (o neofilia) combinado con la desvalorización de lo familiar.

El cerebro humano es un yonqui de los estímulos nuevos. Lo lejano, lo exótico o lo que otorga cierto estatus social (o eso es lo que te vende la fulanita lanera de turno), activa nuestros circuitos de recompensa.

En cambio, la mente apaga el interés por lo cotidiano, lo seguro (lo que requiere un esfuerzo real, constante y silencioso)…

Makandra Elipsis reflexionando sobre la atracción por lo nuevo y el valor de lo que ya tenemos.

Las falsas prioridades

Ahora cambia el jersey por una persona.

Te has cascado 700 kilómetros para ver al Papa de lejos. Has hecho noche, has chupado horas de autobús, has pagado un dineral por un menú del día reseco y has subido la foto de rigor a Insta.

Sin embargo, a tu abuela, que está en una residencia a diez kilómetros de casa, llevas dos años sin ir a verla.

Que ya sé que la quieres y que hace mucho que dejó de reconocerte pero han ido pasando los días… y ya han pasado dos años.

Volviendo al Papá, que conste que me hubiera gustado ir a verlo (la vida madre hizo que no pudiera ser) pero te puedo hablar de esto desde mi propia experiencia: mi abuela también estuvo en una residencia.

Empezó a pasar el tiempo y de un mes a otro, la veía desaparecer.

Así que me propuse integrarlo en mi rutina para no ir cada dos meses y que llegara el día en que ya no había a quien visitar… era un ratito cada semana.

A veces salía jodida porque parecía un mueble pero otras, le pintaba las uñas, ella hacía chistes y le veías esa chispa que solo tiene quien se cree súper afortunada. Supongo que es el lado amable del Alzheimer, olvidar.

Hay ausencias que, cuando las miras con perspectiva, te hacen pensar mucho en cómo repartimos nuestro tiempo y nuestra atención.

No sé si será por el día de todos los Santos o porque el activo más valioso que tengo (o que no tengo 😅) es el tiempo, pero me hizo pensar en ello.

El cerebro siempre quiere estrenar ovillo

Esto en psicología tiene que ver con la preferencia por la novedad, la búsqueda de estímulos nuevos y la habituación a lo familiar.

Lo nuevo nos despierta curiosidad, nos ofrece expectativas, posibilidades y ese pequeño entusiasmo que aparece cuando empezamos algo que todavía no conocemos.

Un proyecto recién descubierto parece lleno de posibilidades (te ves llevando ese jersey, sintiendo esa paz de la mengana en la foto y te emocionas).

Un viaje pendiente promete una experiencia extraordinaria, no hace falta tener una excusa muy importante para hacerlo, apetece.

Una persona nueva despierta nuestra imaginación (aquello de: con este será diferente y por fin comeremos perdices).

Lo familiar, en cambio, deja de sorprendernos. El jersey que llevamos tres semanas tejiendo ya no tiene el encanto del primer día.

La lana que compramos hace un año sigue siendo estupenda, pero ya no nos hace sentir que hemos descubierto un tesoro.

No es que lo nuevo sea mejor, es que todavía no nos hemos acostumbrado a ello…

Y la persona que lleva toda la vida a nuestro lado puede acabar convertida, injustamente, en parte del decorado.

El postureo emocional

Esa es la trampa: confundimos la emoción que sentimos, con el valor real de las cosas.

Nos gusta contar lo que hacemos, (a mí la primera) enseñar dónde hemos estado y compartir aquello que nos hace sentir especiales. Aunque sea una merienda de fruta con yogur llamada #foodporn.

Darle la merienda cada semana, tejer un tutorial que puede hacer todo el mundo y tejer unos ovillos de oferta, no tienen el mismo glamour, lo sé.

Cuidar lo cercano no da likes, pero es lo único que sostiene la vida.

Seguro que tienes en casa una lana maravillosa que compraste con toda la ilusión del mundo (incluso tienes el proyecto pensado) mientras suspiras por ese ovillo de nombre impronunciable (que se parece a la schweppes), que tienes que pedir por internet,

Porque ese ovillo es diferente, acaba de salir… Y parece que si no lo compras te estás perdiendo algo.

No siempre necesitamos otra lana, podemos volver a mirar a las que ya tenemos sin necesitar el estímulo de empezar de cero.

La novedad también me mueve pero disfruto lo que he elegido cuidar.

Frase para tu diario lanero

Ni la mejor lana del mundo va a abrigar un corazón vacío, ni el viaje más largo va a tapar la distancia que pones con la gente que te quiere.

Dale una vuelta al ovillo

¿Qué «ovillo maravilloso» tienes abandonado en tu armario? Y ¿a cuántos kilómetros estás de tus verdaderas prioridades?

Te leo entre ovillos.

Fdo: Makandra Elipsis Psicóloga de pacotilla redescubriendo sus lanas guardadas.

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Psicología de Pacotilla es un espacio de divulgación y reflexión sobre conceptos psicológicos llevados al lenguaje cotidiano y lanero.

Este contenido tiene carácter divulgativo y no sustituye en ningún caso la valoración, diagnóstico o tratamiento de un profesional de la salud mental.

Las reflexiones compartidas parten de conceptos psicológicos, experiencias personales y situaciones cotidianas con el objetivo de comprendernos un poquito mejor, nunca de diagnosticar ni etiquetar a otras personas.

Aprendamos juntas, siempre con curiosidad, espíritu crítico y responsabilidad.

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