El otro día me pasó. Por efecto contagio, me enamoré del ovillo de una de mis alumnas. Pero la cosa no quedó ahí: otra trajo un chal maravilloso y mi cerebro hizo cortocircuito. Deseé tejer ese patrón con la lana que acababa de ver. Entre el «efecto mala influencia» y el «culo veo, culo quiero», acabé en una web donde el ovillo de 900 metros estaba a 13€. «Está tirado», me dije. Y ahí es donde la lógica se fue a dar un paseo y mi tarjeta salió del bolso.
La trampa del 5×4 (Matemáticas de supervivencia)
Resulta que había una oferta y, entre pitos y flautas, acabé gastándome 50 pavos en cinco ovillos. Lana como para tejer tres vidas. Iba a por un ovillo para un chal y salí con metros suficientes para tapar el Bernabéu.
Pero aquí es donde entra el mecanismo de defensa de cualquier tejedora de bien: la autojustificación creativa.
Como ahora tengo lana de sobra, mi mente ha decretado que lo que realmente necesito es hacerme un abrigo. Es más, he decidido que voy a diseñar un tutorial con ellos…

Psicología de Pacotilla: ¿Por qué nos justificamos?
Cuando cometemos un exceso impulsivo, nuestra mente necesita restaurar el equilibrio para no sentir que hemos perdido el control. No es solo «comprar por comprar», es que nuestro cerebro busca una utilidad superior para tapar la culpa. Convertir un impulso de 50€ en «material para un proyecto mayor» es el Caballo de Troya perfecto.
En psicología, a esto lo llamamos racionalización. Es un mecanismo de defensa que consiste en buscar razones (aparentemente) lógicas para justificar un comportamiento que, en el fondo, sabemos que ha sido puro impulso. Nos inventamos una coartada intelectual para no enfrentarnos a la realidad: que hemos caído en la tentación.
Es el pegamento que une nuestra necesidad de ser coherentes con nuestras ganas de pecar. Es fascinante cómo nos convertimos en las mejores abogadas defensoras de nuestro propio bolsillo en cuanto hay lana de por medio. ¿No crees?
Ya no es un capricho; ahora es un diseño, es trabajo, es contenido para la comunidad. Nos contamos una historia para que el desequilibrio financiero nos escueza menos que el orgullo.
Píldora de rescate: Del drama al diseño
Sé que te has visto reflejada. Todas hemos jurado que no íbamos a comprar nada y hemos acabado con una bolsa llena después de un café lanero o una visita al Zeeman.

¿Qué tenemos que hacer cada vez que nos pase esto? Lo que toca es tomar el mando. En lugar de dejar que esos ovillos críen polvo en el «cajón de la vergüenza», hay que justificar el proceso para transformarlo en algo que nos quite esa culpa.
Si el impulso te llevó a la compra, que tu autoridad te lleve al ganchillo para empezar a tejerlo. Analiza el mecanismo de tu propio descontrol y canalízalo: que esa inversión tenga un sentido real en tu armario.
Escribir desde la cicatriz
Hoy te escribo desde la resaca de recibir la compra exprés. A veces el control se nos escapa entre promociones y entusiasmos ajenos, pero lo importante es lo que construimos con los restos del naufragio.
Hazle espacio y perdónate .Yo me pongo ahora mismo a pensar en cómo estructurar ese abrigo. Tengo que creerme mis propias mentiras, ¿no?
Porque si la justificación me ha traído hasta aquí, el resultado tiene que ser el que nos haga olvidar a todas esos 50 pavos y nuestras propias vergüenzas.
P.D. Otro día hablaremos de por qué ese mimetismo y admiración nos hacen querer tejer exactamente lo mismo que la de al lado…(que eso tiene tela aparte).
Y tú, ¿qué historia te cuentas cuando llegas a casa con una bolsa de lana que no estaba en los planes? ¿Es «inversión para un diseño» o «material de primera necesidad»?
Cuéntame tu mejor excusa en comentarios, que aquí estamos para perdonarnos juntas.
Al final, el problema no es el gasto, sino la historia que nos contamos para poder dormir tranquilas. Si ya has pagado el billete, asegúrate de que el destino sea un abrigo que te haga sentir orgullosa y no una bola de lana que te recuerde tu derrota.
Fdo: Makandra Elipsis, psicologa de pacotilla y compradora compulsiva casual

