Cómo dejar de ser una tejedora fea

Sí, me has leído bien: cómo dejar de ser una tejedora fea.

Porque estamos de acuerdo en que cada una nace con la cara que Dios le ha dao, pero es que estamos agravando la situación con unos hábitos que nos están dejando la cara como un cuadro cubista de Picasso.

Abro melón.

1. La Postura de la Derrota (o el síndrome de la tejedora encorvada)

Si tejes con los hombros caídos y el cuello proyectado hacia el ovillo, le estás diciendo a tu cerebro que estás destruida.

Hay un bucle perverso en esto: tu cerebro no sabe si tienes esa postura porque estás cansada o si estás cansada porque has adoptado esa postura.

El caso es que el cerebro interpreta que te has rendido y que estás derrotada.Por no hablar de que usar esa «silla maldita» o tejer hecha una bola en un sofá hundido te está destrozando la arquitectura facial.

Al hundir el pecho y proyectar la cabeza, acortas los músculos del cuello y favoreces la aparición de esa papada de «tejedora cansada» que te desdibuja el óvalo facial.

Punto pelota.

Píldora lanera: Para no terminar como Cuasimodo, cada vez que acabes una vuelta, levanta la vista y estira el cuello.

Busca una silla que te sujete o ponte un cojín en las lumbares. Intenta tejer con la espalda recta, porque la dignidad también se teje.

2. El drama de las «chorrimierdas» y la glicación.

Mientras ves la serie y le das al crochet, el cuerpo te pide guarrerías. Pero esa bolsa llena de golosinas que te metes entre pecho y espalda está apagando tu colágeno.

Tejer y comer azúcar es la vía rápida a una satisfacción falsa: el bucle de la dopamina barata.

La base científica: Al comer procesados, el azúcar sobrante se pega a las proteínas de tu piel en un proceso llamado glicación.

Básicamente, el azúcar «carameliza» tus fibras de sostén, volviéndolas rígidas.

Te estás oxidando por dentro a cambio de un rato de dulce; básicamente, estás achicharrando tu piel y creando una «neblina mental» que te hace fallar en el conteo de puntos.

3. ¿Cómo dejar de ser un mapache? (El enfoque visual)

Tu mirada se vuelve rígida y apagada cuando la clavas tres horas seguidas en ese jersey lleno de puntos popcorn.

Si no despegas los ojos de la labor, acabas con cara de mapache (por las ojeras y el cansancio ocular) y la expresión de un perro pachón.

Estás perdiendo tu visión periférica, esa que le dice a tu sistema nervioso que estás a salvo.

Píldora lanera: Tus ojos necesitan el desenfoque para no marchitarse y perder la luz.

Cada poco tiempo, levanta la vista de la labor y mira por la ventana o hacia la televisión, a lo lejos. Dale a tu mirada el horizonte que se merece para no acabar con los ojos como un topo.

4. Manos de ganchillera, no de águila

A mí también me da una pereza mortal calentar (me pasa hasta cuando salgo a correr, imagínate), pero si no quieres que tus manos acaben pareciendo garras y se llenen de artrosis, hay que abrirlas y cerrarlas un mínimo.

Ejercicios prácticos (al menos 5 veces):

  • Cierra el puño fuerte y abre estirando los dedos todo lo que puedas.
  • Haz rotaciones suaves de muñeca hacia ambos lados.
  • Estira el dedo pulgar suavemente hacia atrás, que es el que más sufre.

Hazlo para activar el flujo de sangre, que tejer lana siga siendo terapéutico y no un camino al traumatólogo.

5. Arrugas de expresión y «boca de buzón»

Nuestro rostro es un mapa de emociones no procesadas: el Rostro de Supervivencia. Si mientras tejes estás rumiando que la vecina te copió el granny, esa arruga de amargura se va a quedar a vivir ahí para siempre.

El disfrute es incompatible con el resentimiento; si rumias, no tejes paz, tejes guerra. Estás esculpiendo en tu cara el mapa de tus batallas no resueltas.

El nudo emocional: Además, muchas apretamos los dientes sin darnos cuenta (bruxismo lanero). Esto no solo te amarga el gesto, sino que retrae la mandíbula y, en serio, te deforma la cara.

Suelta el resentimiento y relaja la boca.

Píldora lanera: Si notas que estás en tensión, pega la punta de la lengua en el paladar (justo detrás de los dientes superiores). Automáticamente, tu mandíbula se relajará, el rostro se suavizará y dejarás de tener cara de bulldog.

6. El peligro de respirar por la boca

Este es el hábito invisible que más te afea.

Si mientras tejes estás concentrada y dejas la boca entreabierta respirando por ella, estás mandando una señal de estrés constante a tu sistema nervioso.

La respiración bucal crónica alarga el rostro y te deja aspecto de cansancio permanente.

Píldora lanera: Cierra la boca. Respira por la nariz de forma profunda. La nariz filtra y calienta el aire, permitiendo que tu cara se mantenga oxigenada y en calma.

No jadees como un perrito; tu estructura facial te lo agradecerá.

7. La mirada de «Clint Eastwood» (Tacañería lumínica)

Tejer a oscuras, solo con la luz de la tele o con esa lamparita de Temu que no alumbra ni un pimiento, es el billete de ida al país de las patas de gallo. Como no ves un pijo, entrecierras los ojos con fuerza y frunces el entrecejo como si estuvieras en un duelo al sol.

Píldora lanera: ¡Enciende la luz! Invierte en una buena lámpara que te permita ver el punto sin tener que poner cara de sargento.

No te tatúes el número de la labor en la frente por ahorrarte dos vatios. Tus ojos (y tu frente lisa) lo valen.

Bonus Track: La tejedora emocional

Más allá de lo físico, hay algo que no se ve pero se siente: la actitud.

Tejer en pijama de franela con pelotillas, con el pelo hecho un ovillo despeluchao y restos de la cena de ayer en la manga, le manda un mensaje nefasto a tu psique.

Usamos el tejido como excusa para «abandonarnos», pero ese abandono apaga tu luz de artista.

No te digo que te pongas un vestido de gala para hacer una muestra de tensión, pero sí que sigas un mantra que me repito hace muchos años: en tu peor día, ponte tu mejor vestido.

Para que tu labor brille, tú tienes que brillar primero. No puedes ser una tejedora feliz si te tratas como a un náufrago.

Quítate el uniforme de derrota, arréglate ese moño y siente que eres una creadora, no una víctima del sofá.

¿Preparada para ser aún más guapa? Tejer no debería ser un ejercicio de autodestrucción física. Al final, el espejo es tu labor: si quieres belleza por fuera, empieza por no maltratarte por dentro.

Cuéntame en comentarios: ¿Cuál de estos 7 pecados capitales estás cometiendo ahora mismo mientras me lees? ¿Vas a cerrar la boca o prefieres seguir pareciendo un cuadro de Picasso?

A cuidarse morretes.

Fdo: Makandra Elipsis. Tu psicóloga de pacotilla. Cada día más bella (aunque sigo siendo una bocazas).

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