La Leyenda de los Amigurumis: Por qué son mucho más que un muñeco con ojos

¡Hola! Si me sigues por aquí o has visto mi podcast de YouTube, sabrás que para mí el ganchillo es mucho más que hacer nudos de lana con una aguja. Es una forma de vida.

Hoy quiero invitarte a conocer la Leyenda de los Amigurumis, una historia que cambió mi forma de ver cada punto que tejo.

Para empezar, quiero que veas esto. Es el efecto que provocan:

Imagen del koala 🐨cuando apenas tenía cuatro dientes y empezaba a conocer sus primeros amigurumis de Pocoyó.

Soy una madre atípica, lo sé. Ésta es una de las pocas fotos que verás del Koala en internet, no porque no esté «in love» de lo guapísimo que es, (siendo su madre es una visión objetiva, ya) sino porque ya ha cambiado lo suficiente como para que no se le reconozca por la calle. Eso es lo que yo tuve, una infancia anónima y feliz. Eso es lo que le estoy regalando. También Dignidad con mayúscula (me refiero a esas fotos graciosas, que a las madres nos parece buena idea colgar, y que de adolescente va a odiar con todas sus fuerzas).

En esta foto cobra para mí sentido, lo de que es más que un peluche de lana con ojos. ¿Por qué? La respuesta está en una tradición que nació hace décadas al otro lado del mundo.

El origen de la leyenda: Un rayo de luz tras la guerra

La cultura del amigurumi (del japonés ami, tejer, y nuigurumi, muñeco de peluche) se popularizó en Japón tras la Segunda Guerra Mundial. En un país que necesitaba recuperar la sonrisa, estas pequeñas criaturas nacieron con una misión: dar consuelo, alegría y protección. No eran simples juguetes; eran amuletos.

Según la leyenda, un amigurumi no es un objeto inerte. Se dice que, mientras lo tejemos, el muñeco va adquiriendo una personalidad propia y alberga un pedacito del alma de quien lo crea. Existe incluso la tradición de no rellenarlos «al máximo» para dejar espacio a ese espíritu que los habita.

(Aquí es cuando hago un aviso totalmente necesario, a los navegantes de la web. Si tienes o vas a tener un Ami mío, atente a las consecuencias…porque soy como soy y esa intensidad no todo el mundo quiere soportarla).

Compañeros de vida y consuelo

Esta creencia dice que el amigurumi se convierte en un compañero de por vida para su dueño, ofreciéndole protección y consuelo en los momentos difíciles.

También me da por pensar que nació de la necesidad, ya que no había materiales y el juego en la vida de un niño es una parte fundamental. Las amorosas mamás tejían ropa y muñecos para esos niños desconcertados, que se aferraban a su infancia en medio del caos.

El costo real de crear vida con una aguja

Pero no te engañes, que para que ese alma ‘quepa’ en el muñeco y el consuelo sea real, hay que pelearse un poco con los materiales. Aquí van unos consejos de ‘perra vieja’ en esto de los Amis:

  • La fibra importa: Aunque en la posguerra usaran lo que tenían, hoy te aconsejo el algodón mercerizado. Tiene ese brillo y esa torsión que hace que los puntos parezcan soldados. Si usas una lana que se abre, el alma del muñeco se va a escapar por los huecos (y el relleno también). No es cuestión de precio, en el bazar hay algodones sin mercerizar bastante mejores, que ese acrílico con el precio idéntico. Y la mercería no admite riñones aún (en serio, puedes permitirte comprar el mercerizado allí).

  • El ganchillo ‘tramposo’: Si la etiqueta de tu hilo dice que uses una aguja del 3, tú usa una del 2.5 o del 2 mm. El secreto para que un amigurumi te dure la vida entera es que el tejido, sea tan apretado, que no deje ver el interior. Y que no lo rellenes tanto que la guata asome entre los puntos (queda horroroso además). Tiene que quedarte firme, aunque blandito. Se le acaba cogiendo el punto…

  • Ojos de seguridad vs. Bordado: Si el Ami es para un niño pequeño que, como mi Koala, estaba en fase de ‘probar’ texturas con los dientes, borda los ojos. Los ojos de seguridad los mastican y los deforman. Lo de pegar con silicona los ojos de fieltro (+3 años), tampoco funciona (pregúntale a Pajaroto), los dejan tuertos por diversión. Un ojo de seguridad es genial para cualquier edad, pero uno bordado con hilo negro tiene una expresión mucho más artesanal y, sobre todo, es a prueba de bombas (0 – 3 años).

Aquí fabricando a Eli 🐘 , otra «personaja» dePocoyó, pasaron muchos meses hasta que completé la Saga, porque no es cuestión de sentarse un rato cualquier tarde y ya.

Vender el alma en cada puntada

Saber que un pedacito de mi tiempo y de mi energía está ahora mismo haciendo feliz a alguien, o ayudando a un niño a dormir mejor, es lo que hace que tejer sea mágico. Cada amigurumi que sale de mis manos se lleva algo de mí para dárselo a otra persona. Ahora bien:

Me hace mucha gracia que la gente me quiera pagar «la voluntad» cuando a ellos por su trabajo les pagan en Euros.

Tejer un amigurumi es un ejercicio de paciencia. Es contar vueltas, concentrarse en silencio y a veces deshacer (más veces de las que me gustaría…)

El hilo invisible: Lo que la «voluntad» no alcanza a pagar.

Partiendo de la base de que el tiempo es algo que no recuperas jamás, aunque me divierta tejer; ese tiempo podría invertirlo en un proyecto para mí. Enfatizo que el valor va más allá del dinero. Claro que fulanita te lo hace más barato pero los años que llevo tejiendo, mi afán de superación y la cruz que supone ser perfeccionista; tiene la cara de que si es mío, quedará perfecto (perfecto para mí, que me tengo que quedar tranquila porque todo lo hecho a mano, es imperfecto).


Más que puntos y lana: La complejidad detrás de la ternura.

Que lo veas pequeño no quiere decir que cueste poco tiempo. Esto contrasta la apariencia simple de un amigurumi con su proceso de creación. A veces es incluso peor. Que si el muñeco es grande vale más. ande o no ande. Pues oiga, al revés, es trabajo de chinos. Le invito a descubrirlo. Es la paradoja del pago, tu «voluntad» no cubre mi maestría.

Hace años regalé un muñeco en el que invertí unas 30 horas. Medía medio metro (aunque la dificultad no era esa), llevaba detalles bordados y al ser un personaje de dibujos, tenía que ser igual o se vería «imperfecto». Me salió increíble, mi amiga lo valoró un montón. Tanto, que me hizo, sin pedírselo. un bizum con lo que consideraba que costaba: 20 euros.

Y lo agradezco, en serio, era un regalo de corazón, no hacía falta. Yo pensaba en ella y en su hijo, sus caras al verlo. Lo imaginaba jugando con él…Para ella fue su forma de agradecérmelo, (es una persona muy generosa que me ha hecho grandes regalos en la vida) jamás le dije esto, pero eso es casi lo que me gasté en material y recibir dinero, me empañó la sonrisa.

Me encargó más adelante otro igual, emocionadísima y yo era incapaz de tejerlo de nuevo, hasta para mi hijo, por lo difícil que fue (o por si no me quedaba tan bonito).

El arte que parece fácil

Entendí que desde fuera esto no se percibe como se vive desde dentro y sumado a mi experiencia en ferias vendiendo artesanía, decidí dejar de vender producto terminado ( te cuento porqué en este episodio de podcast donde se repite el drama del artesano)


Todo este rollo para que entiendas que no es «solo un muñequito».

Por eso, cuando miro mi colección de antes y mi ejército actual…

…me emociona darme cuenta de que mi evolución no es solo técnica. Es cierto que ahora domino mejor la aguja, pero lo más importante es que muchos de los muñecos de la primera foto ya no están conmigo porque están en su nuevo hogar, cumpliendo con su leyenda: acompañando a sus nuevos dueños.

Un muñeco con ojos de lana puede ser el mejor confidente. No te juzga, sólo escucha y se deja abrazar. Todo un consuelo.

Si quieres ver cómo ha sido este viaje de una década y conocer a otros muchos 🧸 que no están en estas fotos, te invito a que te pases por mi canal de YouTube.

¿Tienes algún Ami irremplazable? Seguro que sí.

Cuenta, ya estás tardando. Elsa


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