Episodio 4: Diógenes lanero y el arte de desinstalarse la vida

Este mes he estado desatada. He terminado el abrigo de Dunia, dos jerséis y hasta una manta que llevaba dos años cogiendo polvo. He pasado de tener proyectos mutilados a ver cómo las prendas salían uno tras otro.

¿El secreto? Sin lluvia ni hay flores. He aplicado un método que duele pero funciona: he desinstalado Instagram del móvil.

Como dice Marian Rojas Estapé, somos yonquis de las notificaciones. Yo no quiero que mi hijo me vea pegada a una pantalla; prefiero que juguemos o que me vea creando con el ganchillo.

He pasado de perder casi una hora diaria, en el scroll infinito, a ganar metros de labor y sobre todo paz.

Pero no todo es productividad. Sigo lidiando con el entorno y con las críticas sobre las «lanas low cost». Si me hago un abrigo por seis pavos y me queda de lujo, me da exactamente igual que alguien diga que le resta caché por ser una fibra barata. Ya he superado la etapa de justificar mis lanas del chino o el drama de mi nuevo pelo; ahora mi realidad es otra.

El problema es que, por mucho que haya ganado una hora diaria al reloj, sigo teniendo el mismo frente abierto: esos 20 cajones de lana. Entre lo que guardo y lo que me toca en la lotería lanera, el almacén no baja.

He llegado a un punto en el que tengo que plantearme seriamente ponerme a dieta de ovillos, porque el espacio físico no perdona.

Sé que no soy la única.

Yo sigo aquí, con los cajones a rebosar y la cabeza bien alta, pero reconociendo que esto se me va de las manos.

Y tú, ¿cómo vas de lo tuyo? ¿También estás «enferma» de stock o soy la única que necesita una intervención?

Cuéntame tu drama, que aquí estamos para apoyarnos.

Aquí te dejo la confesión al completo:

Te dejo un tutorial por si quieres ir poniendo remedio…

Fdo: Makandra Elipsis

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