Este mes he estado desatada. He terminado el abrigo de Dunia, dos jerséis y hasta una manta que llevaba dos años cogiendo polvo. He pasado de tener proyectos mutilados a ver cómo las prendas salían uno tras otro.
¿El secreto? Sin lluvia ni hay flores. He aplicado un método que duele pero funciona: he desinstalado Instagram del móvil.
Como dice Marian Rojas Estapé, somos yonquis de las notificaciones. Yo no quiero que mi hijo me vea pegada a una pantalla; prefiero que juguemos o que me vea creando con el ganchillo.
He pasado de perder casi una hora diaria, en el scroll infinito, a ganar metros de labor y sobre todo paz.
Pero no todo es productividad. Sigo lidiando con el entorno y con las críticas sobre las «lanas low cost». Si me hago un abrigo por seis pavos y me queda de lujo, me da exactamente igual que alguien diga que le resta caché por ser una fibra barata. Ya he superado la etapa de justificar mis lanas del chino o el drama de mi nuevo pelo; ahora mi realidad es otra.
El problema es que, por mucho que haya ganado una hora diaria al reloj, sigo teniendo el mismo frente abierto: esos 20 cajones de lana. Entre lo que guardo y lo que me toca en la lotería lanera, el almacén no baja.
He llegado a un punto en el que tengo que plantearme seriamente ponerme a dieta de ovillos, porque el espacio físico no perdona.
Sé que no soy la única.
Yo sigo aquí, con los cajones a rebosar y la cabeza bien alta, pero reconociendo que esto se me va de las manos.
Y tú, ¿cómo vas de lo tuyo? ¿También estás «enferma» de stock o soy la única que necesita una intervención?
Cuéntame tu drama, que aquí estamos para apoyarnos.
Aquí te dejo la confesión al completo:
Te dejo un tutorial por si quieres ir poniendo remedio…
Fdo: Makandra Elipsis

