Google me ha robado el bolso (y las fotos). En psicología lo llamamos Desposesión Digital y Pérdida de Agencia
He descubierto que no controlo nada. Abro melón
Antes de que leas este post tengo que confesarte la verdad: vivir «en la nube» no es tan guay. Si buscas paz mental, prepárate un té con valeriana y siéntate, porque esto es para las que disfrutamos de una tecnología, que nos traiciona en el momento más inoportuno.
Google ha decidido que es el dueño de nuestro jardín. Empieza con la presión sibilina para que compres espacio y termina con la trampa mortal de «liberar almacenamiento». Se nota la culpa.
Y llega el día, profecía cumplida. Drive al 98%…y desde el terror de quedarte sin correos o que se acabe el mundo, le das.
Liberando espacio.
Ese botón es el mismísimo diablo disfrazado de orden. Tú aprietas el botón del mal, confiada, y de repente:
El vacío.
El silencio.
La nada.
El infarto
Hace un par de semanas subí un tutorial que por poco no existe. Ya me pasó hace tiempo, algo parecido, una pérdida masiva (recordarás que te lo conté en unos de mis podcasts de YouTube).
Decidí eliminar una cuenta de Gmail y cambiar de teléfono porque me estaban monitorizando la vida (el control ajeno, ya tú sabes). La borré sin ser consciente de que me llevaba por delante un Drive con 1000 patrones: Un desgarro del alma.
Pero lo de hoy ha sido infinitamente peor.
Verás, yo suelo borrar las fotos del móvil por falta de espacio y luego tengo que ir a Google Fotos a borrarlas de nuevo porque la «sincronización maravillosa» ya ha hecho su copia.
Borro dos veces, un proceso absurdo.
Así que, cuando Google me pidió liberar espacio, borré los fragmentos del tutorial grabado en la nube pensando: «En mi móvil están a salvo, ahí ya tengo espacio».
Error
Viva la propiedad «privada»
¿Quién narices le ha dado permiso a Google para borrar archivos locales de mi teléfono al limpiar su nube? Se supone que son entes separados.
Pues sí, amiga tejedora, se borraron. Me quedé muerta.

«Esto es un trampantojo: parece un jersey que me protege, pero es solo un cuello con un abrigo encima. Una fachada. Exactamente como la seguridad que te promete Google.»
El Milagro: Dios aprieta, pero Google Fotos no ahorca del todo
Estaba a punto de conformarme con 7 tristes minutos de vídeo sin editar. Se los había mandado a mi amiga zurda por WhatsApp para que fuese empezando. Había perdido la intro y el momentazo espontáneo de mi gato, que tanto adoro (ahora que has visto el tutorial, del Chal del autobús, tú también lo amas).
Era eso o volver a grabar.
Decidí no rendirme. A eso hoy en día le llaman «resiliencia» (que me río yo del término, cuando el cortisol y yo a estas alturas de la vida, nos tuteamos).
Presa del pánico busqué en las tripas del teléfono, en la papelera…nada. Yo lo había borrado con ganas.
Entonces, me puse a rezar. Sí, a rezar de verdad. Pensé: «Señor, que he sacrificado una tarde de sol increíble (en pleno enero), de esas de correr a gusto, para quedarme grabando…ay por favor».
Y ocurrió lo inexplicable: en una papelera remota de la nube, apareció. Ya había revisado carpetas DCIM y el Drive.
Pero no aparecieron los fragmentos sueltos, no. Apareció solo uno de los dos vídeos finales ya editados. Un milagro que me hace pensar que mis palabras fueron escuchadas, porque lo lógico hubiera sido encontrar los restos, no el montaje, o encontrar los dos terminados.
El Mal Menor:
El drama es que para que tú veas 20 minutos de tutorial, yo a lo mejor he grabado una hora, he cortado mis rollos macabeos, he puesto música y rótulos.
Perder eso, es perder vida.
Al final, solo tuve que dedicar otra hora a editar ese vídeo superviviente. Hacerlo de nuevo en modo espejo para zurdas y poner los títulos.
Me quedé en «modo avión» pasada la taquicardia (debido al bajón de adrenalina) pero con el tutorial a salvo.
Psicología Barata :
Mi consejo para evitar este drama, es que dejes de «vender la piel del oso antes de cazarlo». No des por sentado que lo que ves en tu pantalla te pertenece.
Guarda las fotos de tus hijos en un disco duro o en físico. Al tejer este proyecto yo sabía que estaba creando una ilusión. El problema viene cuando esa ilusión te la vende una plataforma digital. Te ofrece ese «jersey calentito» de la seguridad absoluta, haciéndote creer que tus recuerdos están blindados, cuando en realidad te ha dejado la espalda al aire.
No confíes tu trabajo a un solo «dueño». Como diría mi amiga Marya: No pongas todos los huevos en la misma cazuela (ella tiene dos empleos, como buena madre soltera).
Aprende a gestionar las herramientas externas. Si algo falla, que no sea por no haber buscado en las tripas del sistema (o por no haber rezado a tiempo). La vulnerabilidad digital nos genera esa pérdida de control. De nosotros depende la gestión.
No permitas que una gran empresa robe tu esfuerzo. En el momento en que subes algo, ya no eres dueña de nada. El control se desvanece. Nos venden tranquilidad y nos regalan un contrato de permanencia en una mentira.
Al final, como en el maltrato, el primer paso para empoderarse es dejar de creer en el abrigo que no abriga y empezar a mirar hacia el nudo que nos han hecho en la garganta. Tú puedes tejerlo sola.
Fdo: Makandra Elipsis tu psicóloga de pacotilla.

